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una difícil normalidad

Dejar atrás las bombas de Siria

 

RECUPERAR EL PULSO. Alaa y Abu Hamza pasean pegados al tráfico que irriga las calles de Estambul, donde trabajan vendiendo prótesis dentales para una clínica. A la derecha, los amigos hacen abluciones antes del rezo. -

RECUPERAR EL PULSO. Alaa y Abu Hamza pasean pegados al tráfico que irriga las calles de Estambul, donde trabajan vendiendo prótesis dentales para una clínica. A la derecha, los amigos hacen abluciones antes del rezo. -

texto y fotos adrià rocha cutiller
18/02/2018

Dentro del hospital militar la vida de Alaa era un juego de imaginaciones. Los soldados de Asad traían y llevaban manifestantes para torturarlos, y Alaa, que estaba allí obligado por el servicio militar, temía que se lo imaginasen, que descubriesen que él también estaba a favor de la revolución que acababa de empezar en Siria. Alaa se imaginaba que ellos lo imaginaban; y se lo imaginaba no porque Alaa tuviera mucha imaginación, sino porque había pasado antes: a otros reclutas de servicio ya les habían atrapado. Cualquier mueca de desacuerdo, un mínimo gesto de duda, le garantizaba ser el siguiente.

Estuvo seis meses atrapado. Allí, viendo torturas y torturados, asistiendo a soldados y torturadores. Pensando y imaginando que esa noche –o la siguiente o la otra, qué más da– puede ser la última.

Pero los soldados no se lo imaginaron y Alaa pudo salir de allí. Entonces, pasó de simpatizar con la revolución a querer participar en ella. «La tensión era insoportable. Los soldados nos vigilaban todo el día. No había un solo momento de descanso. Veía cómo capturaban a inocentes para luego torturarlos y matarlos porque sí», dice Alaa, siete años después. «Por suerte, a mí nunca me hicieron nada».

Enrolados en la oposición

Cuando se escapó del hospital, huyó de Damasco a Daraa, ciudad entonces controlada por opositores. Allí conoció a Abu Hamza, con quien, después de siete años de guerra, vive refugiado en Estambul. Ellos son dos, pero como ellos hay casi seis millones más de personas. Se llaman Alaa y Abu Hamza, pero podrían llamarse Adnan, Nizar, Akram, Amena, Sandra, Layal o de mil formas más. Viven en Turquía, pero podrían estar en Jordania, Líbano, Alemania, Grecia o Suecia.

Pero no. Ellos son distintos. Como Alaa, Abu Hamza también se escapó del servicio militar sirio y se enroló en la oposición. Tras conocerse, trabajaron para los opositores en Daraa y, un par de años más tarde, se fueron unos meses fuera del país para ganar dinero y, luego, volver. En el 2014 entraron de nuevo en Siria: la guerra había avanzado; y Rusia, Asad y el Estado Islámico estaban destrozando a la oposición. Fueron a Idleb, uno de los cada vez más escasos reductos opositores. Allí empezaron a colaborar con Ahrar al Sham.

Ahrar al Sham –Movimiento Islámico de los Hombres Libres del Levante– era una milicia salafista que controlaba buena parte de la región de Idleb. Durante los primeros años de la guerra tuvo relaciones con el Estado Islámico y con Jabhat al Nusra –Al Qaeda en Siria, ahora conocida cono Hayat Tahrir al Sham–. A partir del 2014, sin embargo, se distanció de ellas: a diferencia del EI y Al Nusra, Ahrar al Sham quiere instaurar una República Islámica solo en Siria, no en el mundo.

«Allí dentro había de todo. Gente buena y gente mala. Gente razonable y gente medio loca», dice Abu Hamza, que en un principio luchó en la guerra: «Me di cuenta de que no valía mucho para ello, que había gente mejor que yo. Así que lo dejé». Entonces Abu Hamza se sumó a Alaa, que, como tenía experiencia en un hospital militar, se dedicaba desde su llegada a Idleb al rescate de civiles y a la ayuda médica. Abu Hamza se quedaba en la provincia, situada al norte de Siria; Alaa iba y venía de Turquía, donde recibía entrenamiento.

El mejor aliado de Ahrar al Sham, desde el inicio de la guerra, eran los turcos. Eran. Hablar de Ahrar al Sham es hablar en pasado: en abril del 2017, Jabhat al Nusra se los cargó. Al Nusra, desde entonces, controla casi la totalidad de Idleb y Ahrar al Sham está casi completamente derrotada. Sus combatientes más radicales se sumaron a la facción de Al Qaeda. Los que menos, al Ejército Libre Sirio. Abu Hamza y Alaa huyeron. «Fue muy duro. Aún no lo entiendo. Había muchos amigos comunes en ambos bandos. Hermanos atacando a hermanos», dice Alaa, y dice, además, que cómo es posible que gente que tendría que cooperar para aderrocar al dictador luche entre ella. «Hicimos la revolución para acabar con Asad, no para matarnos entre nosotros mismos», lamenta Abu Hamza. La revolución siria se ha convertido en un monstruo que devora a sus hijos. O lo que podría ser lo mismo, los hijos, en sus pugnas por el poder, se han comido la revolución.

Alaa tenía miedo de los aviones; cuando él estaba en tierra y los aparatos en el aire. Con el tiempo, dice, se le ha ido pasando, pero al principio, al llegar a Turquía, les tenía pánico. «En Idleb los bombardeos eran diarios. Cada día se escuchaban los aviones rusos y de Asad volar por encima nuestro», explica. Eran solo un anuncio: los motores de los aparatos avisaban primero; luego caían las bombas. Un juego de posibilidades constante y diario, un vivir sin saber si vas a despertar por la mañana o, si despiertas, si llegarás con vida a la noche, a irte a dormir. «No recuerdo muchos días en los que no cayesen bombas», dice Abu Hamza, al que también le costó adaptarse al cambio cuando cruzó la frontera.

Ambos, cuando entraron en Turquía para no volver, revivían los combates, los ataques, los bombardeos, los heridos y los muertos. En sus cabezas o mientras dormían. Pero eso, dicen, fue lo fácil. «Al cruzar estaba muy triste. Lo difícil no está siendo adaptarse, lo difícil es dejarlo todo atrás», explica Abu Hamza, que carga con una parte de culpa: «Nos marchamos porque ya no podíamos aportar nada más, pero tenemos muchos amigos que siguen allí, en Idleb. Y nuestras familias están atrapadas en Damasco». Y Alaa añade: «Es muy duro saber que estás abandonando a tus seres queridos para ir a un sitio seguro, donde no hay guerra. Siempre piensas que mañana les podría pasar algo, que podrían morir».

Juventud perdida

Los bombardeos sobre Idleb, en los últimos meses, se han intensificado. Rusia, aliada de Asad, declaró la guerra ganada y terminada. Y sin embargo, sus aviones siguen atacando, los civiles siguen muriendo.

Abu Hamza y Alaa, ahora intentan empezar de nuevo, después de una juventud perdida bajo las bombas, la guerra y la muerte. Trabajan vendiendo prótesis dentales en una clínica de Estambul, donde se han instalado. Estudian turco, salen con amigos, van a la mezquita los viernes y no beben alcohol.

Alaa busca tranquilidad, un trabajo mejor y con mejores condiciones, casarse y conseguir traer a su familia desde Siria. «Mis padres están atrapados en Damasco. Aún no sé cómo; es casi imposible, pero les ayudaré a salir», dice Alaa, de 31 años. Abu Hamza se ha echado novia y sufre buscando piso. «Cuando ven que soy sirio, nadie me quiere alquilar nada. Hay bastante racismo contra nosotros», denuncia Abu Hamza, de 26 años (cuando la revolución empezó, tenía 18 y justo hacía un par de meses que había inciado su primer curso en la universidad). Ahora tiene previsto continuar. «He perdido mi juventud por la guerra, pero ahora quiero recuperar el tiempo perdido –anuncia–. Entraré en la universidad y ayudaré en lo que pueda a mis compañeros en Siria».

Pero será desde fuera. «Quiero volver a mi país –explica Abu Hamza–, pero nunca mientras quien gobierne sea Asad. Nunca aceptaré que siga mandando un dictador que lleva siete años matando y gaseando a los sirios. Nunca».

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