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‘La dimensión desconocida’

El legado infinito de Rod Serling

 

El legado infinito de Rod Serling - CBS / GETTY IMAGES

POR JUAN MANUEL FREIRE
31/03/2019

Estás viajando a través de otra dimensión, una dimensión no solo de la vista y el sonido, sino de la mente; un viaje a una tierra maravillosa cuyos límites son los de la imaginación», avisaba Rod Serling en la primera introducción de The twilight zone, la serie estrenada en España por RTVE en 1961 como Dimensión desconocida.

La imaginación de Serling y sus principales ayudantes en los guiones, Richard Matheson y Charles Beaumont, no tenía límites. Entre 1959 y 1964 entregaron a través de la CBS una colección de historias de ciencia ficción, terror y fantasía que catapultaron la televisión a otra dimensión. Relatos inquietantes con giros inesperados; cuentos macabros con moraleja sobre males de la sociedad de la época y defectos perennes de la especie humana.

Cuando Serling anunció en 1957, en su mejor momento como dramaturgo televisivo, su intención de concentrarse en una serie semanal fantástica, algunos creyeron que había perdido la cabeza y la seriedad. Diez días antes del estreno, el periodista Mike Wallace le preguntaba en la propia CBS: «Ahora que estás haciendo The twilight zone, ¿significa que no escribirás nada importante para televisión?».

Aún hoy pervive ese recelo hacia el género, como si este fuera algo que debiera trascenderse para conseguir algún logro artístico, como si no fuera un marco en el que desarrollar las más diversas y hondas intuiciones. Quizá el supuesto pecado del género sea, simplemente, que tan a menudo aspire a ser divertido, excitante, emocionante… La cultura importante no puede ser divertida.

Pero, ¿qué es la Dimensión desconocida? Tratemos de reducirla a algo tangible, a riesgo de simplificar la extensión de sus dominios. Es un lugar que está en todas partes y en ninguna, en mitad de todo, pero resulta invisible para el ojo. Es un territorio donde manda lo que el filósofo Schelling llamó unheimlich, o «lo que debía de haber quedado oculto, secreto, pero se ha manifestado». Todavía hoy cantamos la sintonía de la serie (la segunda, obra de Marius Constant) cuando algo así se cruza ante nosotros.

Lo que interesaba a Rod Serling no eran tanto las manifestaciones de lo unheimlich como nuestra respuesta a ellas. Sus protagonistas solían ser personas corrientes, trastornadas ante la aparición de algo anormal en la normalidad. Ese fallo técnico en la realidad podía significar una segunda oportunidad para corregir errores del pasado. Paracaidista del ejército estadounidense en la segunda guerra mundial, Rod Serling había visto, vivido demasiado, y no quería castigar a sus personajes, sino, en muchos casos, salvarlos. Le atraía la ironía, pero todavía más la empatía.

Le preocupaban los individuos y la sociedad en su conjunto. Bajo el manto de la fantasía, Serling podía explorar todas sus inquietudes políticas con libertad, sin que le llegaran notas de la cadena ni ningún patrocinador expresara reservas. Lo que parecían (y eran) historias de lo sobrenatural eran también reflexiones sobre asuntos candentes, ayer y hoy, como el racismo, los prejuicios o la posibilidad de una guerra nuclear.

Una forma sublime

The twilight zone rompió moldes en el qué, pero también el cómo. Cuando hablamos épicamente de la actual porosidad de fronteras entre series y cine, se nos suele olvidar mencionar que, hace un puñado de décadas, gente como Serling ya buscó el modo de llevar la tele más allá del entretenimiento funcional.

El productor Buck Houghton (colaborador de Val Lewton) y el director de fotografía George T. Clemens colaboraron firmemente con Serling para hacer de la serie una experiencia estética fuera de lo común en televisión. Aquello no era teatro filmado, sino narrativa audiovisual dotada de la sofisticación del cine; su nómina de directores incluyó al gran Mitchell Leisen (La muerte de vacaciones) o Robert Parrish (Oscar al mejor montaje por Cuerpo y alma).

En el apartado actoral, contaron con gente capaz de hacernos creer lo imposible. El citado Leisen dirigió a Ida Lupino en The sixteen-millimeter shrine, versión (todavía más) sobrenatural de El crepúsculo de los dioses. Y el paseo de las estrellas de la Dimensión desconocida incluye también a Rod Taylor, Vera Miles, Agnes Moorehead (sin diálogo en The invaders), Robert Redford (como la Muerte), Dennis Hopper, Robert Duvall, Burt Reynolds o James Coburn.

La huella de la serie sobre la cultura pop y los directores, guionistas y escritores fantásticos del último medio siglo es tan inmensa que necesitaríamos todo este suplemento solo para empezar a desgajarla. Lancemos solo unos apuntes importantes.

Si el Gene Roddenberry de Star Trek se hacía preguntas éticas y filosóficas desde el espacio, fue en parte porque Serling allanó el camino para esas ambiciones. Sin la serie (y las historias de Matheson en concreto), Stephen King nunca se habría convertido en maestro del terror con paisaje cotidiano. Sin sus giros finales, probablemente Shyamalan nunca habría tenido una carrera, o no la que conocemos.

Muchas ideas exploradas por obras míticas ya habían sido analizadas en The twilight zone. ¿La inteligencia y la angustia de la computadora Hal 9000 de 2001: Una odisea del espacio? Ya las tenía la robot Alicia de The lonely. El episodio Walking distance, un Regreso al futuro otoñal, puso el listón alto para las ficciones sobre volver atrás en el tiempo y las paradojas que causa. Truman Burbank no se habría sorprendido tanto por el espectáculo filmado que resultó ser su vida de haber visto antes A world of difference.

De regreso al crepúsculo

The twilight zone solamente puede haber una, pero se ha intentado reverdecer la marca varias veces: en una película del año 1983 (En los límites de la realidad) y varias nuevas series, una de 1985, otra del año 2002 y una tercera que llega mañana mismo, 1 de abril a CBS, All Access, seis meses antes del 60º aniversario del estreno de la serie original.

Esta clase de revival se suele observar con desconfianza, pero como coproductor y narrador encontramos a Jordan Peele, director de las gloriosas Déjame salir y Nosotros y, ya desde sus días como cómico, un experto en usar el género como vehículo de denuncia política. Habrá quien se pregunte: ¿hacía falta cuando ya tenemos Black mirror, que nació como una Twilight zone en la que se cambiaba macartismo por Apple? Según Peele, lo suyo será diferente: «Nos tomamos en serio a nosotros mismos, pero nunca demasiado en serio». Lo suyo tendrá «ese guiño de Serling».