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EL PERSONAJE DE LA SEMANA

La princesita anodina

 

Selena y Justin, disfrutando de tiempos mejores en Instagram. - WIRELMAGE / MICHAEL STEWART

Selena y Justin, disfrutando de tiempos mejores en Instagram. - WIRELMAGE / MICHAEL STEWART

POR RAMÓN DE ESPAÑA
18/02/2018

La bautizaron como Selena porque sus padres –el mexicano Ricardo Joel Gómez y la gringa Mandy Teefey– eran admiradores de la cantante tejana Selena Quintanilla, toda una estrella en la Norteamérica hispana de los años 90 a la que en Europa nunca se le hizo mucho caso. El homenaje se impuso al mal fario, pues hay que tener presente que la Selena original fue asesinada a tiros el 31 de marzo de 1995 por la presidenta de su club de fans, Yolanda Saldívar (el inevitable biopic, protagonizado por Jennifer López, se estrenó en 1997, cuando Selena Gómez tenía 5 años).

Actualmente, Selena Gómez (Grand Prairie, Texas, EEUU, 1992) es muchísimo más famosa de lo que nunca llegó a ser su antecesora, a la que respeta, pero no destaca como una de sus mayores influencias. La principal, como ha reconocido, es Britney Spears, pero también habla maravillas de Taylor Swift –que es la fofez musical personificada–, del resultón Bruno Mars y de la gran Ella Fitzgerald –no sé muy bien dónde acaba el eclecticismo y empieza una alarmante falta de criterio–, a la que admira especialmente, según ella misma ha dicho, por haber logrado con su voz lo que consiguió en una época en la que no existía el autotune. Una afirmación en la línea de aquella burrada que dijo su novio eterno, Justin Bieber, sobre la pobre Anna Frank: que en la época actual habría podido ser una gran belieber (nombre con el que se conoce a los fans del niñato canadiense, de 23 años).

Con sus 133 millones de seguidores, Selena Gómez es la reina de Instagram. Eso quiere decir que millones de personas distinguen sus canciones unas de otras, privilegio que a mí me está negado: todo me parece la misma mezcla de diferentes estilos, hábilmente prefabricada para gustar a la mayor cantidad de gente posible. Y no lo digo para hacerme el listo, ya que entre mis placeres culpables figuran Pitbull y la propia Britney Spears: aunque soy incapaz de comprarme un disco de ninguno de los dos, sigo atentamente sus videoclips, que es donde dan lo mejor de sí mismos.

Yo no le hago ascos a la cultura basura; simplemente, soy un pelín selectivo. En ese sentido, nunca he conseguido verle la gracia a Selena Gómez. De todo el contingente de-niña-a-mujer que ha asaltado el mundo del pop en los últimos años, se me antoja la más anodina: me he tragado varios vídeos suyos y que me aspen si recuerdo el título de las canciones o la lógica de sus chunda-chunda respectivos (sin embargo, tengo grabado en el cerebro el hit de Camila Cabello Havana).

Lo que sí me consta es que Selena es una chica muy trabajadora que lleva currando desde los 7 años, cuando participó en la serie de televisión Barney & Friends. Luego, en el 2007, vino Los magos de Waverly Place, serie en la que estuvo cuatro años y cuya versión cinematográfica protagonizó. Su paso por el cine, reconozcámoslo, ha consistido en una colección de birrias, con una única excepción, Spring breakers (2013), del delirante cineasta alternativo Harmony Korine, que se marcó una burla en toda regla de las películas para adolescentes y consiguió que fueran a verla esos mismos adolescentes.

Actualmente, está más concentrada en su carrera musical –sus dos últimos álbumes, True colors y Revival, se han vendido como rosquillas–, pero le queda tiempo para tener su propia línea de ropa, Dream out loud (Sueña en voz alta) y un perfume que lleva su nombre. Además, practica la filantropía y no para de aportar dinero a causas nobles.

Pese a su perfil anodino, Selena Gómez sufre de angustia y depresión, lo que la ha llevado a internarse en un par de ocasiones (la más reciente, este pasado mes de enero). Es algo común entre personas creativas, pero, en su caso, los demonios interiores no se manifiestan en su producción musical, que es de una banalidad descorazonadora.

Como los novios que se le conocen: Nick Jonas –de los estomagantes Jonas Brothers–, Abel Ferlaye (en arte, The weeknd, tal cual, sin la e que falta) y Justin Bieber, el adolescente más insufrible de todos los tiempos, con el que lleva saliendo de manera intermitente desde el 2011 y que, al parecer, es ahora su principal fuente de apoyo tras su paso por la terapia.

La verdad es que hacen una gran pareja. Más que nada, en el sentido de que mientras estén juntos, no harán daño a terceros. Lástima que a la madre de Selena –que la crio a solas porque el padre era un jeta que usaba a la niña para ligar en los parques con otras mamás– Justin le caiga fatal. Por su culpa, madre e hija han dejado de seguirse mutuamente en Instagram.

Cuando parecía que la superestrella del pop al fin se sentía bien en su propia piel, ha vuelto a pasar por rehabilitación. Los millones de seguidores y la compañía del entregado Justin Bieber no logran acabar con su angustia y su depresión.

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