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el pulso del periodismo contra las ‘fake news’

El wikileaks de los 70

 

luz sobre la opacidad. A la izquierda, Katharine Graham, editora de ‘The Washington Post’, celebra con Benjamin C. Bradlee, el director del rotativo, el permiso de la Corte Suprema para publicar los ‘papeles del Pentágono’, -

luz sobre la opacidad. A la izquierda, Katharine Graham, editora de ‘The Washington Post’, celebra con Benjamin C. Bradlee, el director del rotativo, el permiso de la Corte Suprema para publicar los ‘papeles del Pentágono’, -

POR NANDO SALVÁ
14/01/2018

En un mundo en el que el significado de la palabra verdad es cada vez más difuso, la profesión periodística se enfrenta a un desafío sin precedentes: combatir las fake news y los tuits tóxicos con información veraz y contrastada. Por eso parece ser un momento idóneo para el estreno de una película que habla del papel instrumental que una prensa independiente juega para mantener a raya a los que mandan.

Los archivos del Pentágono, la nueva película de Steven Spielberg, celebra una de las mayores victorias en la historia del periodismo: la filtración en el año 1971 de los llamados Papeles del Pentágono, un documento de 7.000 páginas que detallaba la historia secreta de la actuación de Estados Unidos en la antigua Indochina desde la segunda guerra mundial, y revelaba un encubrimiento gubernamental que implicaba a cuatro presidentes del país.

Protagonizada por Meryl Streep y Tom Hanks en la piel de los jefes editoriales de The Washington Post, la película recrea la batalla legal que tanto ese rotativo como el New York Times libraron para publicar un material que la Administración Nixon quería mantener silenciado: un montón de fotocopias suministradas al Times por Daniel Ellsberg, un asesor del Departamento de Estado norteamericano incapaz de soportar que su gobierno siguiera mandando tropas al sudeste asiático pese a saber que el conflicto estaba perdido.

El gran engaño

Los documentos dejaban claro, por ejemplo, que el Gobierno de Harry S. Truman había proporcionado ayuda militar a Francia en la lucha contra los comunistas en la guerra de Indochina; que posteriormente Ike Eisenhower trabajó secretamente para socavar el régimen de Vietnam del Norte; y que el sucesor de Kennedy en la Casa Blanca, Lyndon B. Johnson, no solo intensificó la guerra contra aquel país, sino que organizó operaciones militares clandestinas en Camboya y Laos, al mismo tiempo que declaraba que Estados Unidos no iba a aumentar su presencia en la zona. El pueblo americano nunca había tenido tanta consciencia de haber sido engañado.

La filtración también produjo una confrontación nunca vista entre la Casa Blanca y los medios de comunicación, cuando el Departamento de Justicia expidió un mandato judicial que forzaba al Times a detener la publicación de documentos alegando que causaría «un daño irreparable a los intereses de defensa de Estados Unidos»; que la opinión pública conociera las mentiras de sus predecesores, pensó Nixon, podría hacer estragos en su popularidad. Fue entonces cuando Katharine Graham, propietaria del Post, y Ben Bradlee, su director, decidieron recoger el testigo y seguir desvelando material. En ellos se centra Los archivos del Pentágono.

Asimismo, la película pone esa decisión en contexto. Katharine Graham se había puesto al frente del diario tras el suicidio de su marido en el año 1963, heredando una posición que nunca había tenido interés alguno en ostentar para mantener el control familiar de la empresa. Desde entonces, había superado sus dudas a pesar de trabajar rodeada de hombres que ni la respetaban ni valoraban sus capacidades, pero en ningún caso había afrontado una decisión como la que ahora tenía delante.

Por entonces el New York Times era el rotativo más importante de Estados Unidos, pero la reputación del Washington Post estaba al alza; publicar los papeles de Vietnam contribuiría a incrementarla. Sin embargo, hacerlo podría poner en peligro no solo la supervivencia de la compañía –que por entonces estaba inmersa en una operación de salida a bolsa, y cuyo valor podía verse gravemente afectado por el escándalo–, sino también los empleos de cientos de personas. Spielberg envuelve la decisión de Graham de seguir delante de un inconfundible halo heroico.

Paralelismos

El 30 de junio de 1971, la Corte Suprema estadounidense falló en favor del Times y el Post. Los jueces resolvieron que «los informadores están al servicio de los gobernados, no de los gobernantes», y que el Gobierno de Nixon no había presentado pruebas suficientes de que el derecho de ambos periódicos a ejercer la libertad de prensa tuviera que ser puesto en suspenso por razones de seguridad nacional.

Recordando aquella sentencia no resulta difícil recordar los casos de Julian Assange y Edward Snowden, que revelaron informes militares sobre las guerras de Irak y Afganistán y documentos que probaban el espionaje llevado a cabo por el Gobierno estadounidense contra sus ciudadanos, respectivamente. Ambos viven recluidos –Assange, recordemos, lleva cinco años oculto en la embajada de Ecuador en Londres; Snowden, que se sepa, sigue en Rusia– para evitar la acción de la justicia estadounidense.

Relación con el poder

En última instancia, Los archivos del Pentágono se sirve de aquella filtración pionera para señalar un momento crucial en el que la prensa decidió adoptar una actitud más activa en la defensa de la verdad: tanto Katharine Graham como Ben Bradlee, recuerda la película, tuvieron que redefinir su relación de afinidad con aquellos en el poder, y de decidir entre ser leales a sus amigos o serlo a los lectores. En otras palabras, habla no solo del significado mismo del derecho a la información, sino también de lo esencial que una prensa plural e independiente resulta para el mantenimiento de las democracias. Es algo que nunca está de más recordar.

Steven Spielberg tardó solamente nueve meses en completarla, desde el momento en que leyó la primera versión del guion a principios del 2017 hasta que la dio por terminada en noviembre –un periodo de gestación absurdamente corto para cualquier película, pero sobre todo para una de este tamaño–. La concibió menos como una mirada al pasado que como una señal de alarma urgente contra la Administración Trump, que constantemente intenta silenciar noticias que le son desfavorables, desacreditar a aquellos periodistas que hacen preguntas incómodas y convertir medios reputados en enemigos del Estado.

Mientras contempla un mundo de reporteros y editores que atraviesa dificultades cada vez mayores para sobrevivir –en Estados Unidos, en España y en todos lados–, se pregunta: «¿A quién rendirá cuentas el poder cuando ya no quede nadie para pedírselas?».