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en mi atalaya

Por el camino del polvorín

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
15/04/2019

Supe por Pelín que había un sillón orejero tirado al lado de un contenedor por el camino del polvorín, allá por Cantarranas, cerca de la muy rojiblanca y colchonera Iglesia de San Andrés (se lo que me digo). «Date prisa en arramblarlo o se lo llevará Fernando», me urgió Pelín, que nos conoce muy bien y elogia nuestro afán de recogimiento.

La última vez que nos aventuramos en esa misión y por ese lugar se recogieron a mansalva, en un carrillo, misales, biblias, evangelios, salmos, diurnales, amarillentos libros de la colección RTVE, etc; aquello parecía el expolio de la Biblioteca de Alejandría. No me pregunten cómo llegaron hasta allí. Solo nos faltó encontrar el tratado de Pelín sobre la retención de tintorro en cuerpos etéreos, estudio que tiene la categoría de incunable y del que se dice que quedan dos ejemplares, uno por el Rastro de Madrid y otro en el mercadillo de Estremoz (rastréalo, Valbuena).

Los libros de aquella expedición van pasando poco a poco de Fernando a mi casa, pues me los regala tras oírme decir que sus nueras y su yerno no los valorarán adecuadamente. Y quién mejor que yo para agradecérselo en vida (en vida mía quiero decir). Los ojos de la memoria y recuerdos de Mérida están fijos en Pelín, en el más allá, y en Fernando, en el más acá y, como nada ocurre por casualidad, esa complicidad con los emeritenses se traduce en llamadas a Fernando avisándole de la aparición de cosas inauditas en lugares insospechados de Mérida.

Les recomiendo la lectura de ‘Viejos escenarios emeritenses’ para hacerse una idea. Como Fernando y yo calzamos lo mismo, estas labores de investigación las debemos llevar en vena y con ello continuamos el legado de Pelín, el Boga, Cascarilla o Escurriaja, que no se ha perdido, pues somos sus continuadores. Claro que a nosotros no nos pagan por escarbar (¡si el padre de Chema levantara la cabeza!).

Aunque me di prisa, cuando llegué al camino del polvorín el sillón orejero desaparecía, peligrosamente situado encima de dos carritos de Carrefour hábilmente ensamblados por alguien a quien conozco bien, pues es personaje habitual por los contenedores de mi barriada, rastreando despojos, aventando desperdicios y acumulando miserias.

Una pena, pues aunque lo intento no soy capaz de ayudarle y mira que lo he probado de muchas maneras pero, tras su periferia existencial, se esconde un estilo de vida incomprensible, unos hábitos penosos, unos trayectos vergonzantes que le cuesta abandonar. Este hombre se asemeja a Cagabicho que dormía en la calle teniendo casa, porque sí, porque era de esa manera tan lejana a la autoayuda.

Quise acercarle a Cáritas y rechazó la petición; le ofrecí ropa limpia y no la quiso, pero no desisto, por ahora le dejo hasta otra ocasión, sin arrojar la toalla con este hombre al que, sin duda, el orejero le hace más falta que a mí.

Mientras se aleja el desdichado, Pelín me está esperando en lo alto de la tapia del campo del Pizarro, junto a la Casa de la Madre, canturreándome camastrón: «Dulces son de dormir las mañanitas de abril» y, como sonrío al escucharle, cambia de tercio y mirándome fijamente a los ojos (o algo así) va y me dice en tono pitarresco: «Te avisé que te dieras prisa… Borriquito como tú, tururú». Encima, tiene gracia el jodío.