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en mi atalaya

Cosas que hacer en Mérida

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
28/01/2019

Estoy haciendo, ahora que no tengo tiempo para nada, un catálogo de cosas que hacer en Mérida en los próximos 20 años (y más allá, soy así de ingenuo). Claro que, al principio, me preguntaba: ¿qué es Mérida? No encuentro una definición precisa sobre este lugar, único en el mundo, más allá de la evidente: Mérida somos nosotros, los emeritenses; Mérida es su gente. Ser de Mérida es una de las cosas buenas de mi biografía, una relación tan unida como la de Sancho Panza, que nunca se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Y, a partir de ahí lo que quieran: Mérida es mi barrio, orgullo y alma de la bimilenaria donde lo insólito, como las ratitas, puede pasar de vez en cuando; Mérida es mi serenísima y sabia barriada de la Argentina (por eso no tiene asociación de vecinos) en la que tengo la suerte de vivir en una calle con nombre de poeta, y donde perder el tiempo por sus alrededores es una forma de ganar indulgencia cultural. Mérida es un patrimonio difusamente iluminado con una cultura tabernaria inusitada (de nada, Chinche); una ciudad en la que cualquiera puede ser concejal (a las pruebas me remito).

Los emeritenses se merecen el respeto de estar bien gobernados, hartitos de guerra civil, incivil y demencial; ahítos de trifulcas de unos contra otros en su ayuntamiento (espero que esa beligerancia la borren los nuevos aires), aunque si nos lo proponemos podemos (lo siento, no encuentro otra palabra) hacer una ciudad más humana, cívica, transitable, graciosa y romana. Mérida es una ciudad de grandes posibilidades, lo malo es que siempre lo será.

Los emeritenses somos cercanos, pero para los nuestros; educados pero sin pasarse (transigimos con incívicos), de piñón fijo en nuestros bares, poco protestones de hecho y mucho de boquilla, del Romano pero con silbido fácil (¡Pixa, soy de Mérida!), raritos para nuevos amigos y fieles para los de siempre, incomprensibles en nuestro voto (me remito a los concejales); siempre dispuestos a poner la proa a quien nos viene a solucionar la vida (¡mira que criticar a Jesús Cimarro o a don José Fernández López!)

Sí, mi Mérida quizá sea un poquito desastrosa, pero es una antigua, entrañable, decadente y querida catástrofe (que tiene la misma raíz que Catastro, ese organismo que tanto nos putea a los emeritenses) y, a la postre, ¿qué ganamos, qué perdemos?, todo es cuestión del lugar en que nos pongamos, a un lado u otro del Guadiana. Como la naturaleza no nos ha regalado la capacidad de ser felices, tendremos que trabajarnos más la felicidad, convengamos que si un reto vale la pena, sólo intentarlo ya nos hará mejores. Y no digo más, que el abuelo Augusto me entiende y basta.