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Por los pelos

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
23/09/2019

Anda Pelín asaz preocupado por el inicio de temporada del Mérida y por las violaciones de los gallos a las gallinas, aunque no mide con la misma intensidad tan extravagantes circunstancias; como expresé en la Picota mis simpatías animalistas (1.000 programas, mil semanas, a Fran Morillo deberían darle la Medalla de Extremadura el año que viene) me echa en cara que la defensa de los animales es actitud loable y activadora de conciencias, que por eso se llaman a sí mismos activistas esta gente, y que merecen un respeto los animalitos.

Vale, Pelín, de acuerdo, el maltrato animal es vergonzoso pero no se puede suplantar a la persona humana y su lugar en el mundo. Somos animales todos pero hay un abismo diferencial entre los animales humanos y los animales no humanos: lenguaje, pensamiento, cultura, espíritu, capacidad de comunicarse. Y la experiencia religiosa, espiritual o moral que conlleva la creación alrededor del hombre y su preminencia sobre plantas y animales, sobre fauna y flora.

Además, atribuirles derechos y deberes a los animales es una animalada; nosotros somos los que tenemos derechos y deberes. Y dignidad. La persona humana tienen dignidad, los animales tienen valor. Ni el gran Simio, ni los primates o los bonobos (chimpancés) tienen dignidad. Y contra la dignidad de la persona humana va la gente que prefiere la compañía de un gato o un perro a la de una persona, o dar de comer al gato callejero antes que al vecino de al lado. Mientras, la dignidad humana se ejerce tratando a los animales sin hacerles sufrir innecesariamente. ¿Lo entiendes, Pelín?

Ante la falta de argumentos Pelín responde riéndose de mi falta de pelo (por eso se llama Pelín), dice que eso no le pasa a ningún animal (espelechar es cambiar de pelo, no perderlo) y que la naturaleza me hace pagar caro mis ironías, pues ahora «el pelo te sale en las orejas y en la nariz» pero no en la cabeza. ¡Este Pelín como le encuentra sentido a la vida!