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en mi atalaya

Qué suerte que voy a verte

 

Rafael Angulo Rafael Angulo
02/09/2019

Sí, qué suerte que esta noche voy a verte; suerte sin mérito ninguno por mi parte en este cuponazo celestial, pues eres tú, siempre tú, quien me espera, inerme, atento, calladito, irisado y voluntariamente encerrado en la Custodia que te compraron Cristina y Ramón (a estos dos digo yo que les tendrás reservado un palco vip allá arriba).

Qué suerte que esta noche voy a verte, sí, ya sabes (¿cómo no lo vas a saber?) que lo hago por interés, porque eres Amigo que nunca falla, Compañero que jamás defrauda, Hermano eterno, el mejor Artero (médico) del mundo que cura las enfermedades del alma y del amor, delicado anfitrión en la Betania de los cielos y, tiene mérito, que pudiendo codearte por todo lo alto me dediques unos minutos a mí, sólo a mí, un mindundi con ínfulas, un alcornoque que necesita buriles de titanio.

Y el caso es que ese ratito, me miras y te miro, es lo mejor que hago en el día, en la semana de mi vida y ese tiempo entre María y María Jesús (en serio, se llaman así mis compañeras de turno, María antes y María Jesús después, lo de que a Jesús se va y se viene por María no puede ser más claro), lo necesito como el respirar. Y sin respirar se acaba siendo árbol sin hojas, edificio sin cimientos, sombra sin cuerpo. Porque sí, te necesito y no quiero ni imaginarme lo que sería si no te tratara (es tratándote y ya ves) Amigo escondido que me espera y en el que puedo apoyar mi debilidad, esa flojera cual paja de avena, esa flaqueza que tú, siempre Tú, fortaleces.

Amor con amor se paga, de eso sabes tú mucho pues solo los enamorados enamoran, pero esta deuda no tengo arrestos para enmendarla aunque se siente más liviana aquí, mirándote donde estás aunque no se te ve, al contrario que tu Madre que arriba como Virgen del Carmen se ve pero no está.

Viéndote y hablando quedamente, con alma y con calma. Sin gritar porque la gente grita cuando está enfadada, cuando pierde la calma y necesita alzar la voz porque los corazones están alejados y, cuanto más alejados están, más gritan. Contigo Compañero del Silencio, del silencio de Dios, no hace falta hablar para decírtelo todo… ¡cómo si tú no lo supieras!

Es una suerte que siempre pueda volver a este tesoro escondido, a este acontecimiento que nunca pasa, a este rato que hace nuevas todas mis cosas. Hasta el tiempo se hace corto, intenso, grato y agradecido hincándome junto a ti que estás oculto bajo esas apariencias. Porque si me junto contigo acabaré siendo uno de los tuyos y, mis ojos son testigos que atisban, se fortalecerán lazos de amistad, confianza y cariño.

Callar y confiar, no se necesita más ante la adversidad. Ni siquiera aspirar a ser bueno o santo; eso se nos decía antes: «Sed buenos»; ahora la modernidad dice: «Sed felices», pero a mí me dices: «Lucha por ser bueno, lucha por ser santo, lucha por hacer felices a los demás… lucha», y esa lucha será como círculo en el agua que jamás deja de ensancharse.

Luchar y adorarte en silencio. Que no es rezar ni cantar ni alabar. Es adorar, arrimándonos al mejor árbol del mundo y, quien a buen árbol se arrima… ¡Qué miedo puedo temer, si estoy de suerte, de suerte que esta noche voy a verte!