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tribuna

Aves de día, estrellas de noche

 

Aves de día, estrellas de noche -

Mariano López Director de la Revista VIAJAR
11/04/2019

Fue mi añorado amigo Julio Teigell, quía profesional de safaris fotográficos en África, quien me enseñó a mirar a los pájaros. Confieso que, al principio, me parecía una pérdida de tiempo, una distracción innecesaria en el lugar donde acabábamos de ver un grupo de leonas al acecho de una manada de búfalos. “Hazme caso”, me insistía Julio, “tienes que empezar a mirar a los pájaros. A ti que te gusta la naturaleza, que disfrutas con los colores, los sonidos, con la vida, el mundo de los pájaros y de las aves te va a fascinar. No hace falta mucho aprendizaje. Es cuestión de empezar.” Estábamos en el Amboseli, a los pies del Kilimanjaro. Julio sacó sus prismáticos y me mostró los nidos de los tejedores, el vuelo rápido de las queleas, el traje blanquinegro del barbudo, la soberbia majestad del águila pescadora. Desde entonces no he dejado de buscar pájaros y aves, sigo maravillándome con un mundo que, como sostenía mi amigo Julio, cautiva a todos cuantos se asoman. “Te va a descubrir –me decía- otra manera de mirar a la Naturaleza. Y de disfrutarla.”.

Julio tenía razón. Ahora puedo decir que formo parte del apasionado mundo de cuantos persiguen y celebran el avistamiento de aves. Y, por consiguiente, de quienes han encontrado su paraíso en Extremadura. Más de las dos terceras partes de Extremadura son importantes para el avistamiento de aves. Hay 69 zonas de especial protección, 19 rutas, 337 especies distintas. Hay aves y pájaros en los roquedos, las dehesas, los cultivos, el bosque, los pueblos y las ciudades. Muchos de mis viejos amigos del Amboseli los he vuelto a encontrar –y a disfrutar- en Extremadura: la carraca, de pecho marrón anaranjado que viste sus plumas con todos los tonos posibles del azul; la abubilla, con su cresta punki; el martín pescador que brilla como la malaquita y el abejaruco común, que luce en sus plumas todos los colores excepto el rojo, al que guarda sitio en el iris, en sus ojos.

De noche, en Extremadura, se puede oír a los cárabos, el silbido de los autillos y el ulular de los grandes búhos mientras se contempla el que quizá sea el más grandioso de los espectáculos: el cielo cubierto por millones de estrellas. Hay que advertir que el cielo estrellado está también en peligro de extinción. Quiero decir que gran parte de la humanidad está naciendo y creciendo en lugares donde apenas se ven estrellas, donde es imposible advertir en el firmamento las constelaciones, el paso de los satélites ni el baile de los planetas. ¿Podemos señalar todos, desde nuestra casa, donde se encuentra la Vía Láctea? Extremadura tiene suerte, puede presumir de su cielo. Reconoce su valor, ha comenzado a protegerlo y ya cuenta con miradores certificados con la acreditación Starlight, con una red de alojamientos distinguidos por su manto de estrellas y con guías especializados que saben llevar nuestros ojos hasta Júpiter, nos muestran dónde están Leo o Sagitario, señalan el fulgor de Andrómeda.

A Julio le gustaban los pájaros y el cielo. Debería haber sido guía en Extremadura. Ahora estaría conmigo, en Monfragüe, pendiente de todas sus especies protegidas: de día, el buitre negro, el alimoche, el águila imperial ibérica; y de noche, las estrellas.