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Rosario Cordero Martín (presidenta de la Diputación de Cáceres)
10/03/2019

Una foto. Hace 40 años. En ella podemos ver a Asunción, Ana María, a Inmaculada.

Otra foto. Hoy. Vemos a Olga, Obdulia, Antonia, Cristina, María Isabel, Nieves, Catalina, Mónica, Patricia, María José, Mar, Raquel, Mariángeles, Inmaculada, Anna, Susana… y así hasta superar el medio centenar.

Este año que celebramos los 40 años de ayuntamientos democráticos he querido hacer un repaso y sonrío. Sonrío porque, aunque aún nos queda, veo que hemos ido avanzando. En 1979, tras las elecciones municipales de aquel inicio de la democracia, fueron tres las mujeres que, en la provincia de Cáceres, ocuparon alcaldías: Asunción Merino Gómez, alcaldesa de Hoyos, Ana María González Estrella, de Valdehúncar, e Inmaculada Fernández Ramiro, de Romangordo. Hoy, como decía antes, son muchas más, pero quizá no suficientes. No obstante, esto no me desanima, esto me da más fuerza para seguir luchando por este rostro de mujer que cada día se asoma a más lugares que antes parecían pertenecer a los hombres.

Es verdad, podemos hablar de alcaldías, concejalías, secretarías de ayuntamientos, presidencias de mancomunidades, de cooperativas, de asociaciones de regantes, direcciones de medios de comunicación, de colegios profesionales… Pero también podemos y debemos hablar de tía Clementina, de la señora Rosalía, de Nati, de Reme, de Ainhoa, que disfruta yendo a clase de la señorita Marisa, de Luisa la del comercio, de Yoli la de la residencia… son nombres de mujeres, mayores y jóvenes, niñas, que habitan y contribuyen a que se sigan escuchando voces en cada uno de nuestros pueblos.

Sí, me gusta detenerme en todos esos rostros que pueden pensarse anónimos pero que hemos de situar en papeles principales de la vida del medio rural, de su vida y de su historia, porque es la mujer la que ha fijado y fija población al territorio.

¿Quién si no era aquella persona que no solo hacía la casa, llenaba el puchero, atendía a los animales y revisaba la huerta sino que se empeñaba en que los niños y las niñas estudiaran, se prepararan para un futuro más luminoso que el que ella había heredado? ¿Y quién si no era y es la persona que atiende, cuida a sus mayores y devuelve lo que recibió de ellos? Es, sin duda, en la mayoría de los casos, la mujer. De ahí el empeño que desde las administraciones, y en mi caso desde la Diputación de Cáceres, hemos tenido en poner una especial atención a medidas de igualdad de género en nuestros pueblos y medidas que sirvan de apoyo para el desarrollo de estas actividades necesarias.

Sí, nuestros pueblos han visto cómo se ha hecho un esfuerzo en abrir centros de atención sociosanitaria, centros de la tercera edad, residencias, guarderías, etcétera, imprescindibles para que la mujer alcance realmente la conciliación de la vida personal y laboral. Un modo también de avanzar en la integración en el mercado de trabajo de la mujer del medio rural.

Pero, además, nos hemos empeñado en terminar de una vez por todas con la desigualdad de género. Lo tenemos que conseguir y lo vamos a conseguir. No nos podemos permitir quedarnos en el camino. Para ello son clave medidas como las que llevamos a cabo desde la diputación con la insustituible colaboración de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos y de otras asociaciones que trabajan por la igualdad. Con ellas nos hemos podido sorprender con la implicación de todas las generaciones en programas como ‘Rosa azulado’, ‘Educando en igualdad’, ‘Rompiendo techos de cristal’, ‘Empoderamiento y visibilización de las mujeres rurales’ o el programa ‘Hombres que sueñan con la igualdad’, entre muchos otros que se han venido desarrollando estos últimos años.

Entre todas y todos, y con la ayuda de múltiples disciplinas, avanzamos en el diálogo intergeneracional, en la concienciación, en la diversidad sexual, en el debate de los roles domésticos o en la prevención, ingredientes estos que nos hacen crecer como personas y como territorio. Y es ese territorio en el que escuchamos las voces de las mujeres de nuestro pasado, de las de hoy y de las que vendrán, porque han demostrado ser la columna vertebral de una tierra que ha de estarles eternamente agradecida. 

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