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Y, sin saberlo, él es feminista

No le hizo falta ningún discurso teórico, ni ninguna modernidad, como él lo llama. Fue su ejemplo, su educación, lo que me hizo sentir igual de libre. Lo asimilé casi sin darme cuenta

 

Nunca me juzgó por la ropa que llevaba puesta ni me obligó a volver a casa antes por ser chica. No me impuso el color rosa, ni que tuviera que comportarme de manera femenina. Nunca me inculcó que algunas asignaturas me tuvieran que resultar más fáciles que otras. De hecho, me apasionaban las matemáticas en el instituto. Nunca desconfió, en ningún momento, que iba a ser una buena conductora.

Nunca me hizo sentir diferente a mi hermano, aunque lo éramos (y somos), pero por otros motivos. Nunca me transmitió que existían los roles de género y que yo debía cumplir determinadas pautas por el simple hecho de ser mujer.

Si de mi madre he aprendido a no tolerar la injusticia (o al menos a gritarla bien alto si me la encuentro enfrente) y que debía tener independencia económica si aspiraba a ser libre, de él asimilé sin darme cuenta que yo nunca sería inferior a un hombre.

No le hizo falta usar la palabra feminismo ni ningún discurso teórico, ni ninguna modernidad, como él lo llama. Fue su ejemplo, su educación, la que me hizo sentir igual de libre. La que me transmitió que podía triunfar o perder, ser prudente o saltarme ciertos límites y equivocarme... Y que las consecuencias serían las mismas que para un hombre.

Nunca se ha planteado cuál es su papel como hombre, ni si tiene que asumir lo que ahora llaman nuevas masculinidades (otra modernidad). Le basta con ser buena persona y generoso. Tampoco ha usado nunca la expresión ‘perspectiva de género’, pero la aplica. A él le basta con creer en el respeto y la justicia.

Me dieron herramientas de sobra para saber cuándo un comportamiento machista se está justificando. También para pelear a sabiendas de que la sociedad, la mayoría de las veces, es muy desigual. Y para asumir que la derrota no es más que otro aprendizaje, pero que el camino siempre merece la pena.

Quizás eso sea lo más en común que tienen las mujeres que inundan las páginas de esta revista. Ellas, valientes, honestas, generosas, nunca dejan de luchar porque saben que, al final, siempre merece la pena. Y digo luchar porque es la única opción.

Hay otro nexo entre ellas: saben que la educación es el punto de partida de cualquier cambio social, de cualquier avance, de cualquier conquista.

Y yo lo corroboro. A veces son solo pequeños detalles, matices que marcan la diferencia, diminutas semillas que se plantan en la conciencia y ya nunca dejan de crecer. Y cuando maduran no hay vuelta atrás. «Cuando despiertas al feminismo ya nada se ve igual», expresa una de las voces protagonistas de estas páginas. Sus palabras resumen el mensaje que queremos transmitir con esta publicación.

En mi cabeza esas semillas germinaron sin que yo me diera cuenta. Porque crecí en la igualdad. He tenido esa suerte Porque mi padre, sin saberlo, es feminista.