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Nueva sociedad, nueva política

Del 15-M a los chalecos amarillos

A la ciudadanía no le valen ya las promesas, ni los parches ni las reformas tímidas o parciales

 

Desde que surgió el movimiento social francés llamado «de los chalecos amarillos», he tenido en todo momento la impresión de que no se le ha ofrecido la atención que merece. En mi opinión, este movimiento insurreccional es la demostración palpable de que lo que yo llamo «ciclo del 15-M» no solo no ha terminado, sino que ha subido un escalón y ha entrado en una fase nueva y quizá más determinante que las anteriores.

Lo primero que hay que entender es que el ciclo del 15-M tiene naturaleza internacional. Los indignados de la Puerta del Sol, que lograron sacar a la calle a millones de personas en España durante aquellos días de mayo, tuvieron una influencia determinante en el 15-O de ese mismo año, que repercutió en más de mil ciudades de casi un centenar de países de todo el mundo.

De esa inercia surgieron movimientos tan importantes durante los años posteriores como Occupy Wall Street en Estados Unidos (desde el 17/11/2011), la Primavera mexicana (14/05/2012), el Occupy Gezi turco (28/05/2013), la Revolución de los paraguas hongkonesa (22/09/2014), las protestas brasileñas por la corrupción (15/03/2015), la Noche en pie francesa (31/03/2016), el rechazo popular al gasolinazo en México (01/01/2017) o los chalecos amarillos en Francia (17/11/2018).

El ciclo del 15-M tiene como tronco común un grupo de reivindicaciones referidas a la calidad de la democracia (más directa, más participativa), a las mejoras generales de los niveles de vida de la ciudadanía (justicia fiscal, Estado de bienestar y empleo digno), a la reducción de la creciente brecha entre clases sociales (más ricos cada vez más ricos y más pobres cada vez más pobres) y a la limitación del poder económico frente al poder del pueblo.

El movimiento de los chalecos amarillos encaja perfectamente aquí, ya que exige la reducción del precio de los carburantes (origen del movimiento), un referendo de Iniciativa Ciudadana (profundización en la democracia directa), una mayor atención a las zonas rurales, una mejora del poder adquisitivo de las clases medias, la garantía del Estado de bienestar, el restablecimiento del impuesto sobre las grandes fortunas y la renuncia del presidente Emmanuel Macron, entre otras.

Algunos de esos problemas pueden encontrar fáciles paralelismos en diversos países de nuestro entorno y, desde luego, en España, donde existe debate en torno al impuesto al diesel, donde las personas jubiladas llevan años manifestándose para exigir la garantía de las pensiones, donde la llamada «España vaciada» se ha erigido ya en un nuevo movimiento social recientemente manifestado con éxito en Madrid, y donde el sistema político de la Transición ha experimentado una impugnación por la vía de los hechos consumados.

Es muy evidente la línea ideológica y política que une el nacimiento del 15-M español en 2011, todas las revueltas y protestas hermanas a lo largo y ancho del mundo durante estos ocho años, y el movimiento de los chalecos amarillos. El cordón umbilical que lo conecta todo es suficiente demostración de que el clima de indignación permanece, en un estado de latencia mayor o menor, según el país y la época. Una indignación que vehicula, de forma más o menos explícita, el rechazo al sistema económico y político imperante, exigiendo un cambio radical.

Pero además los chalecos amarillos han subido un escalón. Durante estos meses, han llegado a sacar casi 300.000 personas simultáneamente a las calles, han boicoteado diversos servicios públicos hasta colapsar el centro de París, se han producido once muertes, más de dos mil heridos, medio millar de abusos policiales confirmados y más de seis mil detenciones. Este movimiento social ha reabierto el debate de la justificación de la violencia para lograr fines políticos —integrantes de los chalecos amarillos la justifican abiertamente—, mientras el 80% de la sociedad francesa apoya sus reivindicaciones.

El ciclo del 15-M no solo no ha terminado, sino que está más fuerte y vivo que nunca. La cólera latente y las protestas patentes no dejan de entremezclarse desde 2011 para cambiar el orden mundial, y cada escalón que se sube demuestra más a las claras que a la ciudadanía no le valen ya las promesas, ni los parches ni las reformas tímidas o parciales.

 
 
2 Comentarios
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Por pagafiestas 19:55 - 21.05.2019

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Lamentable artículo en el que se vienen a justificar los desórdenes en Francia provocados por los chalecos amarillos y a ensalzar el 15-M en España, que si de algo ha servido ha sido para encumbrar a una serie de personajillos secundarios de la política española, de ramplona cultura y nada deslumbrante inteligencia, afines al comunismo, que a la menor ocasión se han pasado a las filas de la "casta", a la que tanto censuraban, y hoy viven en urbanizaciones de lujo y con sueldos anuales de más de 70.000 euros. No nos tome por tontos.

01

Por juan de la vera 17:34 - 21.05.2019

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Les gilets jaunes, manipulados por la extrema derecha e infiltrados por movimientos extremistas de violentos profesionales no es , ni un ejemplo a proponer , ni un heredero, próximo o lejano del 15 M. Hay que estar sobre el terreno para hacer afirmaciones y no leer los artículos del caos en la red y otras monerías por el estilo. El medio millar de violencias policiales no están comprobadas como dice el articulista , sino voceadas en los mítines de Marine y compañía. Sea usted prudente, no le caiga un cóctel de algún black block un día y luego nos lamentemos. Animar al desorden no es función periodística , sino de agitadores buenos o malos, pero no de periodistas