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JUEVES SOCIALES

Abraza la niebla

 

A falta de certezas abraza la niebla, aconseja Isabel Coixet en su discurso de aceptación del Premio Nacional de Cinematografía. Su frase me da vueltas en la cabeza mientras camino por un instituto sembrado de flechas, geles hidroalcohólicos y carteles que advierten del peligro del coronavirus. Eres una cámara, haz de ella tu prolongación, construye incesantemente tu punto de vista, continúa en su discurso. Y eso hago, lo he hecho siempre, mirar para contar, mirar el mundo con ojos que quisiera siempre nuevos y no hartos, cansados, acostumbrados a no sorprenderse en una vida que no deja de ofrecer sorpresas. Veo los puntos rojos en las mesas, las distancias medidas, las limpiadoras que circulan afanosas por los pasillos para desinfectar las aulas que acabamos de dejar y volveremos a ocupar enseguida. Creo que se ha hecho bien, no sé, no es tiempo de certezas. En casi todos los sitios se ha trabajado en julio y parte de agosto y muchos fines de semana para cumplir las órdenes a veces un poco enloquecidas de la administración. A veces esta enloquece porque le llegan órdenes contradictorias de arriba, o prima la economía,  y la ministra de turno  no tiene ni idea y no deja que le aconsejen quienes de verdad saben y están dispuestos. Es fácil criticar a los que toman decisiones, como en el fútbol. Pero los equipos directivos han trabajado bien (en general, no soy corporativista, porque en algunos sitios dejaron el colegio en junio y volvieron tan campantes el uno de septiembre, sin más oficio ni ocupación que no discutir las medidas que les mandaban), y la administración está respondiendo. No se puede pedir más. No se puede criticar siempre. También tenemos la posibilidad de rebelarnos si algo no nos parece convincente. Por supuesto que se puede protestar contra el poder, y se debe. Hay directores que han elegido no hacer carrera política sino educativa y presentan quejas, otros que prefieren no moverse no vaya a ser que el sillón en el que están plácidamente sentados, desaparezca, y otros que acatan las normas sin discutir, y ven cualquier consejo o intento de mejora como una incursión indígena. Pero ahora yo sigo los consejos de Isabel Coixet y miro. Luego uniré lo que veo, y podré contarlo si no deja de moverse por la cabeza buscando sitio. Veo una imagen que no quisiera haber visto nunca: alumnos enmascarados, separados, a los que apenas oigo y que apenas entienden si no grito. Veo miedo, y huelo a lejía y a gel, y a esa calma densa en la que ya se adivina la tormenta. Y en ella están mis alumnos y mis hijos. Hemos vuelto y yo quisiera creer que me equivoco, que no nos iremos a casa, sino que la enseñanza será presencial (ojalá)  o incluso que mejoraremos. A pesar de las dificultades, estaba deseando ponerme delante de sus ojos, no de sus pantallas, gesticular, reírme, escuchar sus risas sofocadas y hasta sus bostezos. A falta de certezas, abraza la niebla. En ello ando. Es húmeda, está hecha de jirones y deja las manos frías, pero es mucho mejor que la oscuridad completa.