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Una casa a las afueras

El alma de una lechería

 

Mar Gómez Fornés Mar Gómez Fornés
04/07/2020

Confinan al sur mis acíbares, pesares que van en oleaje tierra adentro; dirección sueño azul de Portugal. Transito esta circunferencia del hoyo que me adentra hasta las raíces y plantones, en la certeza de saber allí enterrado lo más amado. Se camufla la mirada de encinares y cuento los kilómetros en espaldas vencidas de labradores sobre un suelo que acoge el sol como si más nadie quisiera tenerlo.

Ningún lugar como Extremadura queda tan expuesto al calor y sus quemaduras. Cada una de las hectáreas de su corazón sale aterida del invierno y como si fuera su gran amor, va en desesperada búsqueda del ardor tan fiero del que vive prendada: su verano.

Como extremeña, me ha perseguido desde siempre una idea: que la naturaleza es quien señala nuestro camino. Es como si allí, en la tierra feraz del clima feroz, nos fabricaran con especial resistencia a la inclemencia del fogonazo y la calima. No hay más ayuda que la noche. Nos es propia la intemperie. Nuestro punto de apoyo es la raíz.

Tenemos una parte del alma, leñosa, acostumbrada a esa luz pura y constante que nos esculpe y cincela en arenas abrasadas. La otra parte del alma es un agricultor. La vocecilla que todo extremeño lleva dentro... y que le hace poseedor de intuiciones vegetales y ademanes frutales.

Porque a ver... ¿qué agricultor no se ha convencido por experiencia propia, que un injerto de melocotonero, hecho sobre el almendro, resiste mucho más a la sequedad que el que se hizo sobre el ciruelo?

Somos un corazón ceñido al territorio.

¿Quién no ha tenido un abuelo sabio en asuntos relacionados con la fertilidad de la tierra?

¿Quién no ha visto llegar a casa a sus abuelos con la camisa espigada y el pantalón bordado con hebras de un barro profundo? Con el olor de la entraña de un monte en la piel...

Mis abuelos extremeños llevaban dibujadas descargas descomunales de rayos de sol en las manos. Manos que parecían cuencos de barro mil veces rotos y recompuestos.

Recuerdo en aquellas casas de infancia extremeña vapores alimenticios envolviendo habitaciones como huertas fecundas; y en los pasillos interminables, desmenuzadas motitas de sílice, arena, piedras y raíces desgajadas de la escabrosidad de algún terreno compacto, tenaz. Humus bendito que el abuelo iba desprendiendo a su paso como Pulgarcito.

Mis abuelos extremeños tenían una palabra zurcida a la boca que retumbaba por la cocina perfumada de sofritos: labranza. En ella estaban todos los principios de la fecundidad y por eso la esparcían en cada frase como si quisieran labrar el terreno virgen de nuestras cabecitas, allanando la superficie con caricias de ajo y cebolla... Porque así era como olían las manos de los abuelos de antes. A cáscara de patata, a polvo de arroz, a virutas de calabaza, a cestas de habas y judías y a plantas de teñir como el añil, rubia o azafrán. Los mandiles de mi abuela olían a escardado de macetas y cosecha de hierba pastel.

De fondo siempre estaba el calor y el soniquete de las regaderas que las abuelas solían dejar bajo el canalón o el rosal, para recoger las gotas de rocío.

Ya por las tardes predominaba el olor a leche recién ordeñada que mis abuelas vendían en las traseras del patio. Un mercado improvisado y auroral que al caer la tarde aglutinaba a las vecinas de la calle El Beso entorno a una mesita vestida con hule de cuadros azules. Una a una, con sus cántaros al costado, me parecían vestales de Egipto, damas de leche y luto. En el manejo de aquella cacharrería de latón que mis abuelas usaban para derramar litros de leche sobre vasijas, pirulos y aguamaniles, se fijó a mi memoria un paisaje de nubes, desván y granero. Un escondite de quesos.

Me acostumbraron al alma de una buena lechería, a los novenarios; a las faltriqueras y al heno humedecido. AMÉN.

*Periodista.