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Jueves sociales

El amor en los tiempos del cólera

 

Mientras Donald Trump pelea por levantar muros, y asistimos al juicio contra los que usan la palabra democracia para atacar el sistema democrático, los escaparates y los institutos se llenan de corazones y claveles.

Todos se han vuelto locos ahí fuera, pero hoy es catorce de febrero, San Valentín, y en la época de Tinder, las webs para infieles, y los whatsapps de usar y tirar con que se empieza y termina una relación, seguimos celebrando el amor romántico, esa enfermedad sin cura.

No creemos en el amor, dicen mis alumnos, no tendremos hijos, no nos casaremos, y una sonríe porque tiene ya algunos años y se reconoce en esas voces que pelean no por lo que quieren sino por todo lo contrario.

Esas voces sufren los mismos síntomas que sufrimos nosotros: me mira, no me mira, qué habrá querido decir, qué habrá callado. Yo paso, dicen, mientras la publicidad, el cine y hasta la literatura bombardean su vida para recordarles que no serán una persona entera hasta que no encuentren a su media naranja.

El mundo se cae a su alrededor pero ellos no quieren ser ni héroes ni heroínas románticos. A mí me gustaría ahorrarles el dolor que vendrá, porque siempre viene, las lágrimas, la espera, la absurda decisión de sufrir por quien no te quiere y el empeño cerril en perseguir a quien va a hacerte un daño gratuito.

Me gustaría, pero es imposible, y además, también en esto lleva razón la literatura. El amor es una herida, sí, y un fuego, y cada amante es un soldado, y todos hemos bebido veneno por licor suave, pero hay algo en ese hielo abrasador, en ese fuego helado que nos mantiene furiosamente vivos.

El mundo es ancho y ajeno, los periódicos vienen invadidos de malas noticias y San Valentín es una horterada, pero hoy la he visto, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios, y si yo fuera ese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti, o nadar sabe mi llama el agua fría, o escrito está en mi alma vuestro gesto, pero tampoco está de más recordar que somos naranjas enteras, no mitades, el amor no tiene por qué ser ciego, y quien bien te quiere, no te hará llorar nunca.

Luego, ya si eso, como dicen ahora, celebremos este día igual que hemos acabado por celebrar halloween. Mañana es quince, los corazones de papel se arrugarán en los escaparates y las flores se marchitarán, por no hacer mudanza en su costumbre.

Y lo importante, como siempre, ya nos lo dijo Ángel González: existes. Creo en ti. Eres. Me basta.

Así de simple. Así de complicado.