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La chorrera

Ánimo Badajoz

El vecindario va a responder porque no hay mejor normativa que la amenaza de que te toque

 

José L. Aroca José L. Aroca
15/11/2020

En el avión, un pasajero sin mascarilla. Llegas a destino, te subes a un taxi y el taxista la lleva como babero. Te instalas en casa, sales a dar un paseo para despejarte, y ves terrazas con agrupaciones de mesas en las que llegan a juntarse 16 personas, por supuesto sin mascarilla, fumando y hablando a voces.

Ese es el panorama que en el viaje de Barcelona a Madrid, y ya en la capital, vivía el otro día la periodista Pepa Fernández y contó como comentario de introducción en su programa matinal de radio. Y ese es el panorama.

Uno, días atrás, tuvo que refugiarse de espaldas, en un rincón inhóspito del local y junto a una escalera, para poder tomarse un café con un mínimo de seguridad ante una parroquia formada por encargado, camarera y tres clientes, que charlaban en total despreocupación con el tapabocas medio puesto y medio quitado, a menos de un metro de distancia, y uno de los cuales no tenía reparos en saludar y charlar, a voces y sin mascarilla, con todo conocido que pasara por esa calle peatonal, de modo que si entrabas o salías del local te veías en ese torrente de microgotas para las que solo te habría valido un paraguas o un EPI de sanitario al pie del cañón.

Son por cosas como esas, y muchas otras de imprudencias e insensateces, por las que Mérida hace un par de semanas iba derecha al confinamiento territorial, y Badajoz se ha puesto seriamente en peligro y coloca desde este fin de semana bajo la lupa y la amenaza.

Mérida llegó a tener tasas muy superiores de contagios a las que ha tenido Badajoz estos días, y sin embargo bastó el anuncio de medidas de restricción de aforos, llamamientos casi desesperados del alcalde, pero más que nada los dramas de familiares, de amistades o vecinos contagiados, para que funcionara la mejor de las armas contra la pandemia: el miedo, la preocupación, la alarma, y la consecuente responsabilidad individual.

Los números bajaron, y sin duda, ante este librarse por la campana en Badajoz, que tiene en esto la mala suerte de estar incluida como ciudad mayor de 100.000 habitantes en el grupo de núcleos urbanos de vigilancia especial, el vecindario pacense va a responder porque no hay mejor normativa que la amenaza de que te toque; además de quedar confinado y atrapado, vedado a todo ese caudal de personas que diariamente entran y salen de la ciudad haciendo gasto en ella, una capital eminentemente de servicios y comercial.

La hostelería como colectivo no tiene la culpa, y si se producen contagios es porque la clientela toma ese reducto como un refugio sin mayores normas preventivas, y no es así; terraza –porque las barras están clausuradas- es sinónimo de patente de corso, pero también es cierto que es un territorio en el que las policías han sido laxas y no han sancionado, así como desde la política no se ha sido claro y tajante en que es obligatorio el tapabocas y solo en el momento de beber o comer debe quitarse.

Se puede recordar cómo tras el inicio de la fase de reactivación social y económica, a partir del 21 de junio, mayores y jóvenes celebraron en terrazas veraniegas la liberación después de tres meses, con una alegría que luego posteriormente hemos ido pagando.

Es dudoso que la amenaza o puesta en marcha de un confinamiento territorial –y aplaudo que ya se tomen decisiones de modo quirúrgico, sin reclusiones domiciliarias-, o una restricción de aforos en un diez o quince por ciento más, en tal o cual actividad, vaya a aplanar o doblegar curva de contagios alguna, pero es seguro que producen sobre cada uno de nosotros un efecto disuasorio, psicológico, una llamada de atención interior, que nos invita a ser muchísimo más prudente, y ahí están los resultados positivos uno tras otro.

Hay que pensar en la gravedad de esta infección. Es cierto que siguen muriendo, por desgracia y culpa de todos, las personas mayores; que un hombre o una mujer de cuarenta años y saludables no van a fallecer, pero es probable que padezcan, e incluso le queden secuelas, problemas que mermen la formidable calidad de vida que se puede tener a esa edad; por eso cualquiera debe cuidarse del coronavirus como del diablo. 

* Periodista