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LA CHORRERA

En qué año

 

José L. Aroca José L. Aroca
18/10/2020

Maldita sea, que en los momentos más delicados padezcamos el peor entorno político posible. En una democracia estabilizada y de funcionamiento fluido, las cinco convocatorias electorales habidas el año pasado, que vinieron a confirmar un movimiento de péndulo en los votantes hacia el centro izquierda, deberían haber sido suficientes como para devolver a los partidos principales el papel de columna que los 42 años de nuestra peculiar democracia le han conferido.

El punto de arranque para todo funcionamiento sensato y responsable es el reconocimiento del resultado electoral. Los políticos deberían saber, y los avezados entre ellos lo saben, que unas elecciones pueden empezar a perderse en la misma noche de comicios en que se ha ganado la última.

Y al revés, que un partido derrotado, y en estas más de cuatro décadas PSOE y PP lo han sido bastantes veces en las varias vertientes de gobierno –local, autonómica, estatal-, basa un nuevo acceso al poder en la aceptación elegante de la pérdida del mismo, el reconocimiento al adversario, la conciencia de ser la oposición responsable y alternativa, y también claro en el análisis puertas adentro de los errores cometidos: estrategia, líderes, campaña…

Pues bien, estamos más de un año después del inicio de los cinco comicios en España el año pasado, donde elegimos Parlamento Europeo, alcaldes, presidentes autonómicos, senadores y diputados nacionales, y el Partido Popular sigue comportándose como es inevitable en los primeros momentos, de negación de los hechos, pero que no tiene ningún sentido posterior ni de responsabilidad, ni de reconstrucción y edificación de futuros éxitos.

Prosigue considerando ilegítima una mayoría perfectamente democrática como la que apoyó una moción de censura, y luego se concretó en una coalición PSOE-Unidas Podemos inédita, pero de mayoría parlamentaria habitual en cualquier hemiciclo democrático. La Constitución, la democracia, se basa también en la aceptación de las voluntades populares por parte de los partidos, y en la asunción de su papel, sobre todo los troncales, de corresponsables de la gobernabilidad, estabilidad y progreso.

Esto sería bueno para el PP, pero sobre todo lo sería para el conjunto del país porque la tendencia a la mediocridad de las que hoy por hoy son alternancias posibles democráticas, el centroderecha y el centroizquierda, arrastran a la otra parte a una pérdida paralela de calidad, creatividad y solvencia.

Si el joven Casado fuera lo que estaba destinado a ser, una cara superadora de la época y sentencias judiciales en torno a Rajoy, el suyo sería un partido imaginativo, con poder para sorprender, con iniciativa de desbordar en responsabilidad al propio adversario, con la capacidad y audacia de contribuir a grandes acuerdos sobre educación, pensiones, o coordinación y cordura sanitarias, y por supuesto la sensatez de responder al mandato constitucional de renovar un Consejo del Poder Judicial que aún refleja el resultado de las elecciones nacionales de 2011 cuando Rajoy desarboló al PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Y la pérdida de calidad arrastra y se nota también en el PSOE, sin grandes incentivos de superación frente al gallinero montado enfrente entre PP, la extrema derecha, y un Ciudadanos que da una de cal y otra de arena con preferencia que sorprende por esto último.

Un mal centroderecha asegura un manifiestamente mejorable centroizquierda, y viceversa. Al final perdemos todos y tenemos que soportar, hora tras hora, el espectáculo desesperante de una presidenta de la Comunidad de Madrid, tras cuya locura e irresponsabilidad se abanderan Casado y el desdibujado alcalde de la capital, abonadas por unos medios de comunicación que también andamos desconcertados, dando micrófono a un peligro sanitario público como es Ayuso; desnortando, desconcertando y desmoralizando a una sociedad civil que llega a hacerse similar pregunta a la del primer párrafo de una novela de Mario Vargas Llosa: ¿En qué año se jodió España?

*Periodista.