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El progreso no es lineal

El aullido de los lobos de la noche

Lo que tarda años en prosperar, los aprendices de brujo lo pueden echar abajo

 

El aullido de los lobos de la noche -

ANDREU Claret
15/08/2019

Si hay una metáfora que recubre muchas noticias de este verano del 2017, es la del aullido de los lobos de la noche. Como todos los veranos los lobos han vuelto a Sebastopol para celebrar la liberación de Crimea, no sin antes reunirse con Putin, mientras la policía detenía a cientos de manifestantes en las calles de Moscú. Los Lobos de la Noche son unos moteros eslavos al estilo de los Angeles del Infierno, pero son mucho más que esto. Prefieren Mad Max a Easy Rider porque lo suyo no son los sueños hippies de las praderas norteamericanas sino la lucha contra el apocalipsis que viene.

Prefieren Mel Gibson a Denis Hooper porque retrató el sufrimiento de Jesucristo a manos de los judíos que también consideran responsables de los males de Rusia. Son una manada de moteros patrióticos, que se encaraman a la Harley Davidson para que la madre Rusia vuelva a ser respetada (¡America First!) como en los tiempos de Iván el Terrible, o como cuando mandaba Stalin. Se entiende que Putin les prefiera a los manifestantes que reclaman más democracia. Incluso que les adore y les condecore, para compensar que Merkel no les dejó llegar hasta Berlín. Son hombres de una pieza, como él, machos blancos y heterosexuales vestidos de cueros negros, con cadenas adornadas de calaveras y brazos tatuados con águilas, tarántulas y gatos que se escurren entre alambres de púas que recuerdan las hazañas militares de Grozny y del Donbass.

Que Putin se reúna con sus Lobos de la Noche puede parecer una excentricidad. Pero si en el mismo telediario aparece Mateo Salvini haciéndose selfis en una playa del Lazio, mientras unos desamparados piden que el Open Arms pueda atracar en un puerto italiano, la notica ya no es tan exótica. Sobre todo cuando uno descubre que Salvini es cada vez más propenso a cortar y pegar frases de Mussolini para sus arengas. La última: Tanti nemici, tanto onore, en clave de hombrada destinada a figurar en una galería de estupideces. Tampoco lo es tanto, si la misma televisión muestra imágenes de Trump y Melania, en El Paso, sonrientes, con un bebé en brazos cuyos padres murieron en el último de los tiroteos. Al presidente no le basta con sonreír: levanta el pulgar, para confirmar su éxtasis. Hablamos de Estados Unidos, Rusia e Italia, tres países en los que asistimos a una misma deriva, populista, machista, mentecata, hecha de gestos y decisiones que obedecen a un mismo propósito, el de movilizar, como diría la recién desaparecida Toni Morrison, «a un hombre blanco dispuesto a abandonar su humanidad con tal de no perder su estatus»: un obrero de Detroit, un parado de Torino, o uno de estos lobos rusos que maldicen a Gorbachov y a Eltsin por la pérdida del imperio soviético. Aunque sea a costa de resetear los programas de misiles nucleares y volver a empezar.

Estos fuegos de artificio del lenguaje contribuyen a la idea de que la humanidad camina por el pedregal. Que todo está cada día peor, hasta el punto que unas jóvenes norteamericanas han lanzado la idea de una huelga de niños, porque consideran poco ético traer al mundo un hijo o una hija, en las actuales circunstancias. ¿Para qué si, con el deshielo de Groenlandia, el mar subiría de siete metros?, según vaticina John Church, una de las personas que mejor conocen el impacto del aumento de las temperaturas sobre el nivel del mar.

Pero ¿es cierto que todo va a peor? No es esta la opinión de Steven Pinker, uno de los pensadores más originales del momento, que lucha contra la desmemoria. Para recordar, tras las últimas matanzas en EE.UU, que hace 30 años morían el doble de norteamericanos por armas de fuego o para precisar que la pobreza extrema en el mundo se ha reducido, en estas mismos tres décadas, del 37% al 10%. Su idea es que, pese a todo, las ideas de las Luces se han abierto camino y han cambiado el mundo a mejor.

Creo que no hace falta tener una fe ciega en el progreso para darle la razón. Lo que ocurre es que el progreso y las transformaciones culturales y tecnológicas que le acompañan provocan miedos atávicos en la sociedad y ponen en cuestión los intereses establecidos de muchas élites. Ahí esta el peligro, porque lo que tarda años en prosperar -entre otras cosas la democracia- se puede venir abajo a partir de un conflicto en Cachemira, un brexit salvaje, una guerra comercial con China o el negacionismo climático.

Pinker tiene razón, pero le falta añadir que el progreso nunca ha sido lineal. Y que hoy abundan los aprendices de brujo con poder, dispuestos a ponerlo en riesgo, entonando cánticos arcaicos, como los aullidos de los lobos de Sebastopol.

*Periodista y escritor.