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Una casa a las afueras

Besos como arroz

 

Mar Gómez Fornés Mar Gómez Fornés
20/02/2021

Algunas palabras duelen como si nos hubieran lanzado una piedra, otras acarician, pasan ligeras cerca del rostro y dejan un rastro de pétalos; sigues la pista con el olfato y son palabras que huelen de inmediato a lugar limpio, aireado, perfumado. En ellas se entrelazan las nubes del verbo y la danza volátil de un colibrí.

El colibrí, esa minúscula mota voladora y fluorescente que más que pájaro parece un beso que va por el aire. Sí, he dicho beso porque el colibrí es el único pájaro existente en el planeta que posee la facultad de un beso, es decir, la capacidad de volar hacia atrás y de lado a lado. El colibrí es peculiar por una cualidad que me recuerda mucho a la de los besos, y no es otra que la de poder mantenerse estático, detenido, como flotando en el aire, estacionado allí por un tiempo… Inmutable, como los besos que no han llegado a destino.

Sí, he dicho besos, porque al igual que éstos, se alimenta de néctar y agita tan deprisa sus alas que apenas se distinguen mientras vuelan; ligeros e impalpables, llegan a pesar tan solo 12 gramos.

¿Qué puede pesar un beso que va por el aire? ¿Y el beso estampado en una carta? O los besos rutilantes, encendidos, que son los robados porque inflaman todo a su paso. Algunos nombres conocidos de colibrí parecen especialmente escogidos para bautizar desde ahora a según qué besos, por ejemplo, el tucusito, el picaflor o el chuparrosas.

Yo imagino el beso chuparrosas y me viene el recuerdo de los besos de abuela: retorcido, eternal y sonoro. El beso que permanece fijo en la memoria del moflete; la rosa aplastada entre las páginas de un libro, beso absoluto con su regusto inagotable a violetas y a misa de ocho.

Ahora concibo el beso tucusito, algo así como un respingo, el beso simpático y sincero que brota como las fuentes o brinca como las cabras; es el beso que dan los hijos a los padres; los besos de mis sobrinos y los de amores de largo recorrido.

Respecto al beso picaflor no abrigo dudas. Es el beso que llevas pintado de rojo en los labios, el que coloreamos en los libros y ha sido fresa antes que beso. Nadie en verdad lo confiesa, pero la categoría picaflor incluye esos besos que deseas se depositen súbitamente. Es el beso tipo arrebato, a deshora, sin decir ¡agua va!

Nadie en verdad los fabrica porque son besos urgentes. Besos que nacen de la pura necesidad y con toda la precipitación. Besos para una inminencia. Son los únicos besos que tropiezan con otros besos porque en ellos no se miden las distancias, todo allí, en ese punto y hora es una urgencia que requiere apresuramiento para aliviar el dolor.

En cuanto a la supervivencia de los besos… ¿acaso nos importa? Sí, importa saber si habrá cerca de casa un almacén donde nos provean al menos de besos tucusitos. He sabido que el promedio de vida de un colibrí se estima entre cuatro y cinco años… Es el cielo para los besos.

De repente entra por la puerta mi sobrino, le pregunto por los besos de ahora, los de su tiempo, el de «los chavales», me dice que ellos no usan la palabra beso, los llaman picos; comerse la boca, que viene siendo para «los chavales» en pocas y cristalinas palabras: liarse. A estas alturas de la conversación creo que he perdido de vista a mi pobre colibrí con sus besos llameantes, entonces le pregunto por el romanticismo y tal, « ¡Ah sí claro! – me dice-existe el beso de vaca, el beso en la frente y el beso de esquimal».

Vaya, me quedo más tranquila. Esto me pasa por preguntar.

Toca despedirse y qué mejor que hacerlo con una de las más originales expresiones que guardo en mi colección: BESOS COMO ARROZ… a puñados. 

* Periodista