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A la intemperie

Blanquinegros

A la memoria de Emilio González. Por todos aquellos con los que compartimos gradas y ya no están entre nosotros. Para todos los que las ocuparán cuando nos hayamos ido

 

Blanquinegros -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
28/12/2019

Ahora que cierran inventario los vivos, ahora que un inmenso tráfico de abrazos me colapsa el móvil (y me abrasa las meninges) es bueno parar y echar la vista atrás. Entre tanto ardor telefónico apareció una foto. Y me arrebató. Era esencia blanquinegra. Concentrado de pollo que cantaban Los Canarios. ¡Vaya tela! ¿Qué se hizo de los setenta? Recuerdo estar vivo. Quizá.

Luego vinieron los ochenta. No hace falta que me lo cuenten. Y esa foto. Yo, por entonces, de Badajoz no tenía otra referencia que inmensos embalses de tópicos. Me costó reconocer a Carlos Uriarte. Uriarte, otro vasco que vino a calentar sus huesos bajo el sol inmisericorde de Extremadura. De Baquio a Montijo. De Zarra, Panizo y Gainza a Job, Adolfo y Paco Herrera. De las rayas quedó el blanco y el rojo mutó a negro.

Por navidades, cuando Uriarte era presidente del Badajoz, se jugaba un partido entre la gente del club y los informadores deportivos (refuerzos de por medio a discreción). La foto debe ser de 1981. ¡Casi cuarenta años! Todavía nos felicitábamos usando papel, tinta y sellos de correos. En Correos los tarjetones de Unicef. Por cierto, ¿qué fue de «artis mutis»? Y puestos a echar sal en la herida: ¿qué ha sido de todos nosotros?

En la foto no todos asoman. Asoma el Vivero; ahora ya para siempre el viejo (como los sueños que allí se soñaban). No están todos (nunca estamos todos); pero los que asoman valen por muchos todos. De rojo los informadores; el presidente y los suyos -no podía ser de otra manera- vistiendo camisetas blanquinegras. Somos humanos porque cubrimos la carne (mortal) de símbolos (inmortales). Porque en los símbolos nos honramos, porque dentro los símbolos escondemos nuestros mejores anhelos. Por ejemplo, una camiseta de colores (los nuestros), los que nos hacen reconocibles (y nobles) en el penacho de la trinchera del vivir cada día.

Emilio González no está en la foto. Era un central de susto, un tipo como un centauro en la línea de disparo. Emilio se fue este mes de diciembre triste. Sin él, sin Uco, los veteranos del Badajoz, los que con él solían reunirse a comer, serán más veteranos aún. Joaquín Timón, Rogelio Palomo, Vicente Medina, Antonio Guevara,...

Otros están. La foto de aquel partido, de aquella pachanguita navideña, me ha hecho recordar que los hombres pasan, pero los símbolos que los sostienen corren, sin descanso, carreras de relevos. Los colores permanecen. No llegué a tiempo; ni para conocerles entonces, ni siquiera para reconocerles ahora. A todos no, pero sí a muchos. Vivos y muertos que se han venido a vivir conmigo. Está el Lati, largo como largo le recuerdo, pero con barbas. El simpar Fernando Echave. Julián Leal, encendido y pelirrojo. Capturados vivos. Está Emilio el guarda y Julián el utillero. Están jóvenes (y felices). Porque al mirar atrás nos recordamos siempre más felices de lo que quizá creyéramos ser entonces. Y está Uriarte, con bigote y pelucón a lo Paul Breitner.

¿Qué queda cuando la memoria falta? Queda la vida por delante. Queda Julio Carmona, entrañable. Julio en su despacho siempre tenía una foto de los viejos tiempos. Un día, cuando fui a pedirle ayuda, allí en ese despacho, al ver esa foto, supe que nos arropaba un mismo amor. Y quedan los demás. Los vivos y los muertos. Queda José Luis Joló, inquebrantable en su fe. Queda Pepe Espinosa, tuétano del club durante décadas. Queda Luiqui, aquel interior sevillano de leyenda. Queda Antonio Pereira, agachado, haciendo el símbolo de la victoria con la mano izquierda... y queda, al fondo, la tribuna del Viejo Vivero, y sus muros, como los muros de la patria mía. Queda una foto en retirada. Una foto que pregona que ganar o perder es lo de menos y que aún hay cosas que el dinero no puede comprar. Que los recuerdos no se dividen en acciones y que los anhelos no viajan en limusina. Queda una foto capaz de regatear, por un instante, al olvido.