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Desde el umbral

Burbujas

 

Aunque traten de convencernos de la robustez de sus paredes, las burbujas son cuerpos frágiles. Algunas de ellas se desvanecen en cuanto emergen. Otras, como la tecnológica o la del ladrillo, se hincharon tanto que acabaron estallando, con las consabidas consecuencias económicas. Y luego están las de ahora, las que los gobiernos han recetado para los colegios, a las que no han tardado en brotarles las piteras.

Porque los burócratas se esforzaron en vendernos los grupos burbuja como una suerte de atmósferas asépticas que protegerían a los más pequeños. Y, en apenas unas semanas, se ha demostrado que, lo que presentaron como una fortaleza casi inexpugnable, no era más que un espejismo y, al tiempo, un bálsamo para reducir la inflamación que ya se palpaba en la sociedad. En los ámbitos del poder hay quien anda arguyendo que el modelo gubernamental tenía sentido sobre el papel. Como uno de esos experimentos que acaban por explotarle en la cara a un científico, pero con chavales y docentes como conejillos de indias. Cualquiera que conozca la realidad de los centros escolares (y del modo de vida de los españoles) sabía, desde que se presentó, que el planteamiento era tramposo. De ahí el aviso de que tendría consecuencias difícilmente reversibles. Porque la distancia social entre niños de 3 a 5 años es una entelequia. Porque el uso de mascarillas en esa franja de edad no se prescribió. Porque esos mismos niños aprenden explorando a través de los sentidos. Porque los alumnos se enclavan en un grupo estable mientras están en el cole, pero, luego, regresan a un hogar en el que conviven con una familia, cuyos miembros se mueven en entornos diferentes. Porque, en algunos barrios y localidades, los niños utilizan el transporte escolar para asistir al cole, y en los autobuses no pueden evitar entremezclarse con los que van a otras clases. Porque todo el mundo sabe que, en todas las aulas, entran especialistas que imparten materias específicas a distintos grupos de escolares. Y porque no pocos padres e hijos participan en reuniones de amigos y celebraciones familiares, o acuden a un parque infantil, a un bar o a un restaurante (y, desgraciadamente, muchos de ellos no son cuidadosos en el transcurso de las interacciones sociales).

Todos estos hechos revelan deficiencias en el plan de los grupos burbuja. Y estaría bien que, ante la evidencia, los dirigentes gubernamentales hicieran algo aparte de fabricar pompas de jabón y esperar con la mirada perdida.

*Diplomado en Magisterio.