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La curiosa impertinente

Sobre Cáceres

 

Tendrá Cáceres sus defectos, y no seré yo quien defienda que es perfecta, pero, aunque a la belleza de sus piedras no se pueda añadir el bello trazado de la ciudad moderna, porque es obvio que bello no es, posee el atractivo de sus jardines, el colorido de sus parques, la comodidad de su tamaño y el sosiego que proporciona la ausencia de multitudes. Nadie obliga a los peatones a caminar en una sola dirección, y una, rebelde como es, valora en lo que vale este privilegio.

Hay en Cáceres poca variedad comercial. Pues aunque abundan fruterías o clínicas dentales, que en el centro se encuentra una casi en cada esquina, escasean, en cambio, las tiendas de muebles o las antaño tan abundantes de regalos. Últimamente, además, las peluquerías low cost crecen como setas en año de lluvias, y los establecimientos que ofrecen manicura eventual, semipermanente, permanente o eterna, se han enseñoreado de la ciudad feliz. Opinan los expertos que en tiempos de crisis aumentan los negocios que prometen belleza y juventud, pero ¿no habíamos quedado en que la crisis era cosa del pasado? En fin, una que es un saco de dudas, se pregunta también a menudo si hay clientes para tanto fisioterapeuta, pero termina respondiéndose que sí, pues rarísima es la amiga o conocida, el pariente o el colega que no arrastra una contractura, como mínimo, entre los múltiples motivos de dolor físico que acarrea este estilo de vida estresante característico de nuestra sociedad moderna, incluso en la despoblada y algo abandonada Extremadura.

Termino estas reflexiones haciéndoles partícipes de dos interrogantes que me corroen. Uno se refiere a los espacios físicos de nuestra ciudad. ¿Por qué los responsables de los hermosos jardines no les cortan las horrendas barbas a las altas palmeras que adornan rotondas y zonas verdes? El otro a los culturales. ¿Tan difícil es graduar la temperatura en el Palacio de Congresos que un sábado se congelan los maestros de la OEX y al siguiente se asa el público? Me atrevo a concluir al grito de ¡Una solución quiero! Esperando que alguien escuche mis quejas. 

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