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Tribuna

Ciudadanos del mundo

 

Ramón Gómez Pesado Ramón Gómez Pesado
09/08/2019

Desde bien pequeños los preparamos para que asistan, además de a las clases del cole, a toda clase de actividades extraescolares. Tenemos que tantearlos bien para asegurarnos si les gusta la música o no. Probamos también con el fútbol, con la gimnasia rítmica, con tenis. También con taekwondo, judo y kárate, incluso a veces kung-fú. Y para rematar toda esta retahíla de actividades, los apuntamos también a clases de inglés. Y estas sí que no pueden faltar porque nunca nos parece suficiente con las clases del cole. Tienen que ir, aunque sea con la merienda en la mano y la boca manchada de nocilla, a decir al profesor «Yes» o «No», y preguntar a sus compañeros «What’s your name?» o «Where are you from?». Y, antes de ir a casa a cenar, si da tiempo, es conveniente acudir a unas clases de informática. Así es difícil tener tiempo para hacer los deberes que mandan en el cole antes de ir a la cama.

Luego, a medida que van creciendo y haciéndose mayores, van dejando alguna actividad por el camino. Los mensajes del móvil y wasapear con los amigos, les quita el tiempo del judo o el kárate. La música la dejamos hace tiempo cuando, además del lenguaje musical, el propio instrumento y el piano complementario comenzaron a agruparse en sus mochilas y a exigir más tiempo de conservatorio que sus cuerpos y mentes podían aguantar.

Todavía nos queda, además de las clases del instituto, un poco de informática y, por supuesto, las clases de inglés. Aunque ya las clases van pareciendo un poco insuficientes. Hay que complementarlas con viajes al extranjero. Al principio en estancias de una semana o unos quince días. Luego, cuando vamos cogiendo más confianza, pasamos a periodos de un mes, dos, o el verano entero.

Sin apenas darnos cuenta, van haciendo, a medida que pulen el idioma, nuevos amigos y amigas y se van perfeccionando también en las relaciones sociales. Son ellos mismos lo que nos piden hacer un Erasmus en una universidad extranjera. Y una vez terminada la universidad y algún que otro máster más tarde, consiguen con bastante facilidad un contrato de trabajo en Europa. Se les ve felices. Comienzan a viajar por el mundo entero con una facilidad increíble. Te dejan con la boca abierta cuando te dicen que van cambiando de trabajo con frecuencia para ir mejorando sus condiciones laborales. Son ciudadanos del mundo.

Mientras, nosotros en nuestro país aferrados a una estabilidad laboral y muchos con un miedo enorme a cambiar por la más que probable negativa a ser contratados de nuevo en otro trabajo que te ofrezca más y mejores posibilidades. Cuando les hablas de venirse a España, se sonríen y te dicen que dónde van a trabajar con las pocas opciones que se ofrecen aquí y con un porcentaje de paro juvenil que asusta a cualquiera.

Un día, nos presentan a alguien que han conocido y nos dicen que viven juntos. Cada día los vemos más, pero los besamos y tocamos menos. Por skype te congregan en el salón, en la pantalla grande, y te dicen que van a tener un hijo.

Y cuando menos te lo imaginas, una navidad cualquiera, ves entrar por la puerta de tu casa a un pequeño que te recuerda un poco a tu hija y va y te suelta tan tranquilo un «abuelo» en un español clarísimo y sin acento alguno, que te deja, mental, anímica y profundamente desarmado, sin apenas, poder pronunciar palabra.

*Exdirector del IES Ágora de Cáceres.