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Soliloquios

Comedia política (acto I)

 

Juan Jiménez Parra Juan Jiménez Parra
04/03/2019

Se abre el telón. En el centro del escenario, sentado en el sillón de su despacho, Pedro Sánchez se relaja, meditabundo. En su mesa destacan varias pilas de libros a ambos lados. Frente a él, sentada en una silla confidente, Carmen Calvo ojea un libro que tiene en las manos. Exclama: «No te des por vencido Pedro, tú sigue ahí sentado. Las elecciones pueden esperar, resiste Pedro, resiste». Pedro Sánchez: «Estos independentistas son unos desagradecidos, les doy y les doy y les doy –chasquea el dedo índice y pulgar de la mano derecha, figurando dinero--, y ellos me dan y me dan y me dan –levanta el brazo a media altura del torso y dobla el codo, insinuando ya saben qué--. Pues nada, hay que convocar elecciones y si gana la derecha, que los independentistas se pongan mirando hacia Cuenca, y que les den y les den y les den –levanta el dedo anular de la mano, indicando ya saben cómo--. Carmen, convoca un Consejo y consulta con los ministros la fecha de las elecciones. Decidid vosotros el día, yo tengo que terminar de firmar estos libros». Carmen Calvo abandona la escena. Pedro Sánchez se reclina en el respaldo del sillón y cierra los ojos, como si meditara. De pronto el escenario queda iluminado por una luz muy tenue. Por la izquierda, enfocado por un haz de luz circular, aparece un hombre con frondosa barba, vestido con una sencilla túnica blanca, sandalias romanas y corona de laurel en la cabeza. Se dirige hacia la mesa de Pedro Sánchez y se sienta en la silla confidente. Pedro abre los ojos y dice: «Gracias por tu presencia, inspiración divina, sé que siempre atenderás mis llamadas, y ahora necesito tus consejos. ¿Qué debo hacer para no perder este sillón tan cómodo? –golpea suavemente con las palmas de las manos los brazos del sillón--». Su consejero se levanta y comienza a caminar de un lado a otro del escenario. Tras un breve silencio contesta: «Nada, divino Pedro. Tú eres un hombre pegado a la buena suerte, la potra te acompañará donde quiera que vayas. Nada. Tú sigue ahí sentado viendo cómo tus enemigos se pelean entre ellos por conseguir ese sillón tan codiciado». Luego abandona el escenario. Fin del primer acto.