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Nueva sociedad, nueva política

La confusión liberal

 

La confusión liberal -

En estos seis meses de 2016 se han estrenado en España quince películas sobre la crisis económica o sus consecuencias sociopolíticas; provienen de EE.UU., Alemania, España, Francia, Brasil o Portugal. Después de ocho años desde que comenzó la crisis, es un síntoma claro de que no es una crisis cualquiera. El debate que se ha suscitado es el más profundo desde la II Guerra Mundial, poniendo en cuestión ideas que han conformado nuestra democracia. Cuando en 2008 quebró Lehman Brothers, después de 158 años de vida, comenzó a hablarse del fin del capitalismo, y ocho años después estamos hablando del fin de la Unión Europea.

Las discusiones públicas están decantándose en una polarización que tiene como centro la doctrina política sobre la que se asienta Occidente: el liberalismo. Esta es la idea sobre la que basculará la pelea por conformar la nueva sociedad mundial que saldrá de esta crisis.

Por encima de todas las ideologías existe un eje entre liberalismo y totalitarismo, las dos grandes caracterizaciones del ser humano. Los cambios de época --el fin del Antiguo Régimen-- o los acontecimientos esenciales de la historia reciente -Revolución Rusa, nazismo- se enmarcan con claridad en la disputa entre esos dos grandes conceptos.

El sistema político predominante en Occidente está determinado por el triunfo del liberalismo: libertad individual, democracia, división de poderes, propiedad privada, libertad económica, estado laico, etc. El totalitarismo tuvo sus últimas victorias en las dictaduras del siglo XX (Alemania, Rusia, Italia, España). Esta simplicidad caracterológica entre liberales y totalitarios ha ido desapareciendo, dando lugar a lo que yo llamo "confusión liberal", que se detecta en las placas tectónicas del debate contemporáneo.

LA PRINCIPAL razón es que el liberalismo ha ido escindiéndose cada vez más entre liberalismo moral y liberalismo económico. Es decir, que hay quien acepta sin problema que cualquier individuo puede hacer con su vida lo que quiera excepto en la economía, y al revés. Este apasionante debate introduce matices importantes, porque mientras que las libertades económicas se sitúan en un campo donde la ciencia tiene algo que decir, las libertades individuales están dominadas por las emociones. Una lucha desigual y no siempre fácil de conjugar en el terreno político. Así, casi todos los economistas contemporáneos aseguran que el dogma económico del liberalismo (el libre mercado se autocorrige de forma perfecta) es más pensamiento mágico que científico. Sin embargo, en libertades individuales como la eutanasia o el matrimonio gay la ciencia se ha inhibido hace tiempo en favor de decisiones éticas o emocionales.

La confusión que se ha ido produciendo es monumental. Nos podemos encontrar con ultraliberales económicos que defienden el libre mercado puro contra toda evidencia científica pero que no soportan que una mujer decida libremente cuándo aborta; en el otro lado, entusiastas de limitar la libertad económica entienden que la sociedad nada tiene que limitar sobre ningún tipo de opción ética de las personas. En medio de esta confusión llegó la peor crisis económica en un siglo, lo que ha terminado por destruir las bases del consenso que nos habíamos dado. Como en todos los cambios de época, lo "anti" se adueña del espacio público. El anticapitalismo o la antiglobalización van abriendo el espacio para el antiliberalismo. Antiliberales son los discursos populistas que cuestionan la libre circulación de personas, la clara división de poderes, la libertad de los medios de comunicación, la consolidación de las entidades supranacionales o la propiedad privada.

De esta forma, la política contemporánea va a ir definiéndose cada vez más claramente entre quienes se arrogan la pureza del liberalismo porque son neoliberales económicos pero que nada tienen de liberales (tiran de dinero público si de lo que se trata es de salvar a los bancos), y quienes rechazan tajantemente considerarse liberales a pesar de que lo son, excepto porque cuestionan el absurdo dogma económico neoliberal. El resultado es una sociedad donde el liberalismo genuino como forma de entender el mundo carece por completo de defensores. El colapso de la socialdemocracia tiene mucho que ver, porque esa era la doctrina que equilibraba la defensa terminante de todas las libertades con los necesarios controles económicos del Estado. El colapso de la socialdemocracia es, pues, el colapso del liberalismo como concepto global y equilibrado, y solo ocupando, actualizando y empoderando ese espacio perdido se podrán reconstruir los cimientos de una sociedad tambaleados hoy por la polarización entre neoliberales y antiliberales.