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el artículo del día

Corrupción política

Cuando el gusano corruptor mina los valores morales de la voluntad democrática, la sociedad corre serio peligro.

 

LUIS FERNANDO LÓPEZ (pedagogo)LUIS FERNANDO LÓPEZ (pedagogo) 31/01/2011

Partiendo de que las sociedades democráticas son viables en parte gracias al arrinconamiento que en ellas se hace de la corrupción por los medios tanto educativos y culturales como penales que ofrece, es factible afirmar también que por el contrario, cuando el gusano corruptor empieza a minar los valores morales que rigen la virtud y la voluntad democráticas, la sociedad corre un serio peligro de extinción.

Si definimos escuetamente la corrupción política como el uso de lo público para fines y objetivos particulares, estamos representando fielmente lo que acontece por doquier en nuestra geografía y fuera de nuestras fronteras. La corrupción política se engarza originariamente en las primeras polis griegas, donde muchos ciudadanos ejercía su poder político, es decir público, para favorecer sus intereses económicos, sociales, políticos, ideológicos, culturales, etcétera. Poco ha cambiado la esencia del panorama corruptivo desde entonces hasta nuestros días.

En las democracias avanzadas de hoy se han establecido normas y requerimientos legales que han acotado considerablemente los procesos y consecuencias de la corrupción; por ello, se ha culminado en nuestra época el mayor desarrollo democrático de la historia. Pero resulta que la corrupción, ya sea de modo genético, ambiental o en todo caso epigenético, ha afectado al alma de los humanos desde sus primeros pasos civilizadores, conviriténdose así, en un comportamiento regular; y reprimir este vicio político en las hedonistas y plutocráticas sociedades contemporáneas es una tarea ardua debido a las ansias de poder, dinero, gloria, reconocimiento social y éxito que transfiere al alma humana una educación social basada en estos desvirtuados valores. Y a veces, el medio más directo y rápido para alcanzar estos honores es la corrupción. No obstante, la paradoja estriba en que el poder humano más efectivo que tienen las sociedades de combatir el germen cultural de esta copiosa lacra de la corrupción es una categoría social opuesta totalmente a la corrupción, es la educabilidad del alma humana. Solamente una educación axiológica comprometida y altruista, transmitida a través de todas las instituciones educativas, políticas y sociales junto con un código penal atrevido y estricto, puede mermar la metástasis de la acción corruptiva que coloniza los entornos urbanos y rurales. A todo esto se une la ineficaz estructura de la justicia en estos asuntos, incluyendo además los sesgos ideológicos y partidistas a los que muchos jueces se adscriben sin el menor recato profesional, dejando a la justicia huérfana de la competencia imparcial que la ley reclama en los sistemas democráticos y del Estado de derecho que supuestamente están insertados en los países occidentalizados.

Con un panorama tan desolador, en el cual políticos y empresarios catalizan sus intereses en detrimento de los ciudadanos-contribuyentes, va a ser difícil definir un futuro libre de corrupción a muchos años vista, ya que las estructuras económico-políticas de la mercadocracia incentivan en demasía estos tejemanejes con el fin de acumular riquezas personales, que tienen como consecuencia, el desfalco del erario público, o sea, del ciudadano.