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Tribuna abierta

Cosas de la edad

Si los periodistas actuáramos profesionalmente, deberíamos llamar a las cosas por su nombre

 

Cosas de la edad -

Amador Rivera Amador Rivera
14/02/2019

Debe ser la edad, pero no hay día que no me sorprenda discutiendo con uno de los electrodomésticos de mi casa: la tele. Bueno, no sabría decir si mis discusiones son con el aparato en cuestión, o con quienes se reflejan en él, que cada día tengo menos claro si son reales o producto de mi imaginación pero, en todo caso, la representación de lo que se ha dado en llamar la post verdad. O sea, de la mentira.

A lo que iba. Discuto con la tele porque en cada telediario, programa o pseudo-tertulia encuentro motivos más que sobrados para rebelarme contra lo que escucho; casi todo. No voy a decir que, en el periodismo, cualquier tiempo pasado fue mejor, pero nunca como ahora había visto tal seguidismo de los profesionales (en la tele sobre todo) respecto a los líderes políticos. Y me refiero tanto a los términos que éstos utilizan, que los llamados profesionales repiten sin más; como a los análisis, o falta de análisis, que utilizan unos y otros sin el más mínimo atisbo de crítica o revisión.

Sobre lo primero, me indigna sobre todo la manera que tienen los políticos de ofrecernos, por ejemplo, información sobre el empleo; y que los Medios lo reflejen sin ningún matiz. Los partidos que gobiernan, con independencia de su ámbito de actuación o su ideología, suelen recitarnos que en Semana Santa, un puente, las rebajas o las vacaciones de verano se van a crear cientos de miles de puestos de trabajo. La realidad, sin embargo, es que no se crean esos puestos de trabajo, sino que se firman contratos que, al cabo de unos días, unas semanas o meses se destruyen al terminar la circunstancia por la que se habían firmado. Quiero decir que, si los periodistas actuáramos profesionalmente, deberíamos llamar a las cosas por su nombre, con independencia de lo que nos digan los responsables políticos. Es decir, en este caso concreto, hablar de contratos y no de puestos de trabajo.

En cuanto a la falta de análisis de la que hablaba, me voy a referir solo a un aspecto del que estos últimos tiempos se está hablando mucho: los resultados de las elecciones de Andalucía y las consecuencias que las políticas de Pedro Sánchez en Cataluña pueden tener para su partido en las autonómicas y municipales de mayo. Personalmente, todavía estoy esperando escuchar a los dirigentes del PSOE –también a los de Adelante Andalucía -- un análisis riguroso sobre las razones que han llevado a muchos andaluces a no votarles, apostar por otras opciones; o quedarse en casa. Lo único que nos han dicho es que la culpa es de Sánchez por su relación con los independentistas catalanes. Una opinión que comparten sin más los opinadores oficiales de las Medios Audiovisuales que, en este punto, muestran una rara unanimidad.

En mi opinión, con este análisis se está falseando la realidad o, lo que es peor, dirigentes políticos y opinantes están llamando tontos a los ciudadanos. No digo que la cuestión catalana influyera en los resultados de las elecciones andaluzas y pueda hacerlo en las autonómicas y municipales. Dicho lo anterior, creo que para que un análisis del asunto sea serio habría que añadir un aspecto fundamental del que dirigentes políticos y los llamados analistas no hablan: la calidad de la gestión de sus responsabilidades, por parte de Susana Díaz en un caso, y de los «barones» del PSOE que estos días claman al cielo contra la actitud de su secretario general en la cuestión catalana.

Sin conocer en profundidad cómo es la gestión concreta de estos «barones» en sus respectivos territorios no puedo juzgarla. Lo que sí tengo claro, porque lo he seguido en los Medios, es que Díaz, Lamban, Page y Vara han dedicado demasiados esfuerzos a intentar derribar a Pedro Sánchez. Unos esfuerzos que, supongo, muchos ciudadanos de los territorios que gobiernan han podido pensar que lo han restado de su gestión del día a día.

Por supuesto, no digo que esto sea así, pero en los tiempos de la post verdad, me niego a aceptar que las cosas sean tan simples como nos las pintan las teles.