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Desde el exilio

Cosas de la edad

Más valdría interesarse por qué se hace con el tiempo durante eso que llamamos vida

 

Azahara Palomeque Azahara Palomeque
11/11/2019

Hace varias semanas, la periodista Rosa María Artal publicó un artículo donde respondía a las reacciones que había generado la marcha de multitud de pensionistas desde distintos puntos de España a Madrid, donde se manifestaron el pasado 16 de octubre. Mientras ellos reclamaban pensiones dignas –para sus bolsillos y para las generaciones venideras–, el gran público alababa el espíritu combativo de una generación que, para muchos, debería estar jugando a la petanca y cuya resistencia física, probada en el recorrido hasta la capital, se concebía cuanto menos como acto de heroísmo. ‘Estos yayos y yayas’ tan venerables, vitoreaban en las redes. La edad no los había vencido. Mientras tanto, Artal esgrimía: «dejen de pintarnos bailando, tan graciosos, como en una vigorexia trasnochada. Lo que más se mueve es nuestro cerebro y el genio de saber vivir».

En el fondo de esta reclamación subyacía una crítica a la edad biológica como marcador de comportamientos sociales. Me explico: Artal estaba atribuyendo a la carne y los huesos vivos pero considerados ancianos la capacidad de pensar y actuar que a menudo se juzga como propia de la juventud. De su desmantelamiento de ciertos estereotipos –jubilados cuidando a sus nietos sin nada más que hacer– se desprendía también una concesión de agencia política a ‘los mayores’, porque ésta no depende de la edad. Así, el artículo transmitía una disconformidad con ciertas convenciones sociales que determinan qué puede o qué no puede hacer una persona según la fecha de nacimiento que marque su DNI, lo que me hizo recordar el caso de Emile Ratelband, el ciudadano holandés que el año pasado solicitó cambiar su edad de 69 a 49 años. Las razones que aludía para tal mudanza eran, cuanto menos, oportunistas –la nueva juventud le permitiría ligar más–, pero de una gran coherencia: también decía querer incorporarse al mercado laboral, renunciando a su pensión. Sus argumentos, de una sencillez aplastante –si las personas pueden elegir su género, también deberían poder escoger su edad legal– fueron, no obstante, admitidos a trámite y, aunque los tribunales terminaron por fallar en su contra, lo hicieron para evitar complicaciones legales derivadas de un cambio de tal calibre. Si uno puede quitarse años, ¿podría añadirlos? –cavilaron los jueces. ¿Qué ocurriría si un niño de 13 años se siente lo suficientemente maduro como para votar? Lo que no descartaron fue la complejidad identitaria: sentirse joven o viejo varía según el individuo.

He pensado mucho sobre este tema, en el que veo, al menos, dos preguntas implícitas. La primera, de raíz más filosófica, tiene que ver con la definición del tiempo, que va cambiando históricamente. Por ejemplo: si antes se creía en el futuro asociado al progreso, ahora el cambio climático pone en tela de juicio su existencia. La segunda se refiere a cómo se usa el tiempo para medir otras cosas, en el caso de Artal, la capacidad de acción política de los sujetos. Aquí habitan afirmaciones como «eres demasiado viejo para manifestarte», pero también su contrario: eres demasiado joven para tener hijos, para asumir ciertas responsabilidades, para comprender un problema complejo.

Ambas son igual de paternalistas. Desde mi relativamente corta trayectoria –tres décadas y pico–, he comprobado innumerables veces cómo se usaba mi juventud como indicador de insuficiencia, utilizando el tiempo como medida de conocimiento en recriminaciones del tipo: «ya lo entenderás más adelante, yo que he vivido tanto puedo decirte que…». Este argumento, que podría resumirse en el refrán más sabe el diablo por viejo que por diablo, es tan falaz como común y la razón por la cual, por ejemplo, para ciertos trabajos piden 10 años de experiencia, sin importar que éstos hayan consistido en vegetar en una oficina, en lugar de un informe detallado de logros laborales.

Más valdría interesarse por qué se hace con el tiempo durante eso que llamamos vida en vez de simplemente sumarlo y atribuirle valores. Se evitaría el daño, individual y social, que causa encasillar a la gente en determinados compartimentos; se eliminarían prejuicios –que a los 50 es demasiado tarde para empezar una carrera, que a los 30 aún no se tiene legitimidad para opinar sobre ciertos temas–; se nos permitiría actuar más de acuerdo a nuestras ambiciones, deseos, aptitudes, y no sometidos al yugo de la costumbre.

* Escritora