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La culpa es del programador

 

FLORIAN Recio
09/02/2013

TUtltimamente no hacen más que pasar por la tele reportajes sobre Finlandia. Sospecho que algún programador con resentimiento social se congratula en restregarnos por los ojos el sistema educativo de los finlandeses, la madurez de la democracia finlandesa, la entereza de la casta política finlandesa, recreándose, el muy sádico, en pasar una y otra vez esa estampa tan perturbadora de un puñado de ministros yendo a su trabajo en bicicleta, con lo que se suda en bicicleta. Y cuando crees que se le agota el tema, te pasa un monográfico sobre los suecos, pongamos por caso, o los alemanes que, si nadie lo remedia, acabará por sumir en la negrura al personal autóctono.

Porque vale que la nuestra es una democracia rara, donde no puedes elegir a los líderes de los partidos ni hurgar en el modo en que estos partidos se financian. Vale que los privilegios de la Iglesia son tabú y que a la monarquía mejor no cuestionarla porque aquí, el que se cuestiona las cosas cuestionables, la paga. Vale que en Europa toman a chirigota la honestidad de nuestros representantes. Vale que nuestro sistema educativo es un chiste sin gracia. Vale que los intereses económicos amordazan la libertad de prensa y que la justicia está saturada y la sanidad languidece y el desempleo se envalentona.

Vale. Pero es que me temo que lo que este tipo pretende es demoler tradiciones. Que olvidemos eso tan nuestro de que España es diferente y aquello tan arraigado de que aquí no tenemos remedio. Va a ser que busca mostrarnos que otros sistemas son posibles y que con algo de esfuerzo común y de sentido común las cosas podrían mudar. Con lo que cansan las mudanzas. Pero tranquilos que los del gobierno, puestos a hacer cambios importantes, seguro que optan por cambian de programador.

 
 
1 Comentario
01

Por ja 8:12 - 09.02.2013

Con toda probabilidad lo que usted dice es cierto, pero una de las verdades que mejor puede ofrecerse al lector, es la del contraste cuando el que lo ha comprobado, porque esa es otra, no tiene interés en inclinarse hacia los lados sino la de contar lo que ha podido ver con sus propios ojos. La última vez que estuve en Finlandia fue a principios de abril del dos mil doce. Decir que desde el avión se veía todo blanco como consecuencia de la nieve y del hielo, aparte de real, es demasiado obvio y tópico. Pero cierto. Que cuando llegas, como a todo el mundo le pasa, qué bien te encuentras entre la nieve, nevando y tal y que a los pocos días estás hasta los mismísimos de tanta transparencia y empiezas a considerar o discernir ¿Cómo es posible que esta gente puedan tirar hacia adelante con estos imponderables impuestos por la naturaleza? Es raro que en el hotel, o con algún conocido de allí, no entables las típicas conversaciones. Dependían casi del comercio con la URSS. Cayó ésta y casi de inmediato se las ingeniaron para abrir mercados y, confiando en ellos, lograron mantenerse arriba. En el 2005, a todo cristo le llegó la noticia: ¡Hay crisis! Ellos cogieron el toro por los cuernos y la asumieron. En menos de dos años salieron, en tanto que aquí, en España, se derrochaba a manos llenas. Y entonces, eso sí, el hombre aquel del hotel me decía: y ahora nosotros creamos riqueza y nuestros excedentes de ella van a Bruselas y Bruselas la distribuye entre los que, haciendo lo contrario que debían, ahora se han empobrecido, tal es vuestro caso ¿Es esto justo? Me dijo. Y, claro, yo le contesté rotundamente: ¡¡Pues no!!