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Debates electorales

 

Siempre me prometo dedicar mi escaso tiempo libre a tareas más edificantes que seguir los debates políticos en televisión, pero al final, empujado por fuerzas de inexplicable naturaleza, acabo cediendo. Bien mirado, por muy hastiados que estemos de los malabarismos maquiavélicos a los que nos tienen acostumbrados los políticos, ¿por qué no íbamos a presenciar un cara a cara –aunque fuera a cuatro bandas– entre quienes se postulan para dirigir nuestras vidas y erigirse, ay, en nuestros salvadores?

Dicen los especialistas en demoscopia que los debates políticos son responsables de la decisión de voto de un estrato pequeño de la población, entre el 2 y 4 por ciento. Conclusión: no sirven para casi nada. Desconfío de esas previsiones tan pesimistas, teniendo en cuenta la manifiesta capacidad de estos expertos a la hora de equivocarse en sus predicciones.

Los debates políticos siempre sirven para algo. El hecho de que se celebrara el debate de ayer (escribo esta columna un martes por la mañana) sirvió, valga la tautología, para que tuviéramos debate, algo a lo que Pedro Sánchez se había negado en rotundo. Y es lógico que lo hiciera, habida cuenta lo mucho que tenía que perder y su escasa capacidad dialéctica –en ese aspecto es el peor de los cuatro–, deficiencias que pudimos apreciar de nuevo a medida que avanzaba la contienda. Y si ver a ese producto de marketing que es Sánchez en un debate no deseado era prometedor, ver a Iglesias defendiendo la Constitución (después de mostrarse como su incombustible enemigo durante estos interminables años) resultó casi divertido.

Es cierto que los debates no podrán convencer a quienes ya tienen el voto decidido y no están dispuestos a virar a última hora, pero no es menos cierto que la población merecía ver en escena a esos cuatro jinetes de la Apocalipsis que dicen representarnos. Aunque solo sea para mantener vivo el espectáculo.