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Tribuna abierta

La educación de la manada

El tipo que lloraba veía como algo kafkiano el tener que estar en la cárcel por «follarse a una chica»

 

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
02/05/2018

Hay algo peor que el cariz de la condena a los cinco jóvenes de ‘la manada’. Y es que estos no entiendan lo que ha pasado. La imagen de uno de los acusados llorando de indignación y angustia ante el juez, porque no sabía qué mal había hecho ni qué hacía allí, me parece lo más grave de todo el proceso. Ese llanto era sincero. He ahí la raíz del mal.

Lo demás es importante, pero menos. Yo también sospecho –tras leer la sentencia– que fue violación más que abuso (lo difícil es probarlo). También me parece que habría que modificar la ley –más que reconvenir a los jueces–, aunque tampoco es fácil tipificar con más detalle qué cosas son «asentir a una relación sexual», «obrar libremente» o «intimidar», sin conculcar otros derechos ni dar pie a nuevas interpretaciones polémicas. De todos modos, con extender el concepto legal de «violación» o aumentar las penas por abuso no se va a evitar que en este país se agreda sexualmente a una mujer cada ocho horas, según las estadísticas.

Los delitos contra la libertad sexual comenzarán a remitir cuando el modo de pensar, sentir, hacer y divertirse que representan estos cinco jóvenes no sea el mismo con el que se identifica una parte sustancial de la población. El tipo que lloraba ante el juez veía como algo kafkiano tener que estar en la cárcel por «follarse a una chica». Sí, es cierto que eran cinco, que la chica parecía un poco ida, y que el final fue una canallada. Pero para él y para muchos esas son cosas que cabe esperar que les pasen a cinco machotes en legítimo estado de juerga –en el trasfondo, por cierto, de una fiesta (los sanfermines) que es en sí misma un rito de iniciación a la masculinidad más primaria–. Ya puestos de toros y de sangría, ¿por qué no «pillarse a una para follar»? Muchos recurren el puticlub pero los más chulos se lo hacen de gratis. Enredan a la primera que pillan haciendo lo que jamás consentirían a sus novias (andar por la calle libremente como una persona) y se la tiran. Sea con burundanga o con un cóctel de fuerza y simpatía. Las tías como esa están para eso. ¿No? «¡Puta pasada de viaje!». Ese es el concepto. ¿Cómo es posible que pasárselo tan bien sea tan malo? Ni ellos, ni sus redes de amigos, se lo explican.

La banalidad con la que estos chicos de barrio abusan, violan y vejan a una mujer es escalofriante para nosotros, pero no para el que vive en su mundo de valores. Y son esos valores, tan profundamente arraigados –en el instinto, en la tradición, en los grupos de referencia, en ciertas instituciones–, los que hay que deconstruir y desactivar. Están en la familia, en la calle, en los cuarteles, en las hinchadas de fútbol, en la secuencia de videos musicales del bar, en los calendarios de los talleres mecánicos, en el porno que cualquier chaval consume ahora mismo por internet...

Y ante todo eso no sirve de nada endurecer las leyes, ni hacer disquisiciones demagógicas sobre el elitismo de la justicia, ni linchar a los magistrados, ni arengar a las mujeres a que saquen la faca. A los valores solo se les vence con valores. El problema es cómo competir con los valores de la manada, con esa jauría de creencias, prejuicios y hábitos que rodean a tantos jóvenes, incluyendo a los que tenemos más cerca –en el barrio, en el instituto, en el pueblo– y que son tan terriblemente parecidos a los acusados.

La única forma legítima de competir con ellos tiene que ser la educación formal y obligatoria. Una educación en la que la reflexión en torno a valores no sea algo marginal, sino el eje mismo del currículo. Mientras concibamos la educación como mera formación profesional y académica no hay nada que hacer. Los problemas de valores (y esta violación lo es) no los resuelve la policía, ni los psicólogos, ni los discursos (ni de feminismo ni de nada). A nadie se le convence simplemente a palos, ni con terapias, ni con discursos. A la gente se le convence permitiendo que expongan sus ideas, haciéndoles evidente que son erróneas (si es que lo son) y ofreciéndoles otras mejores. Se trata de razonar y dialogar, durante días, meses y años. Hasta que cambie lo único que puede hacer que cambie algo: lo que tenemos en la cabeza.