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El misterioso oficio de vivir

 

FLORIAN Recio
06/07/2013

TAt todos nos llega un día en que la vida nos deja solos ante el peligro, como a un Gary Cooper sin cámaras ni focos, y sin sus ojos azules. Pero allí estás tú, en un extremo de la calle; y, al otro, justiciero e implacable, el niño que fuiste una vez. Por lo general, este niño que fuiste, convertido ya en enemigo declarado, se suele aparecer en medio de la noche, en un desvelo o en un insomnio, preferentemente cuando uno ha atravesado la frontera de la mitad de su vida. Entonces, el niño desenfunda y te dispara al corazón su terrible pregunta: ¿qué has hecho de mí?.

Y tú, que como todos, soñaste de crío con ser astronauta, poeta, pintor, músico, corsario de los mares del sur, delantero centro en la Roja, torero en las ventas, el científico que salvaría al mundo, tú que imaginaste mil veces tu careto en la portada del Hola y a tus pectorales luciendo rotundos en el Interviú, es muy probable que te veas ahora, en mitad de esa noche de insomnio, ante este juez riguroso, desarmado y sin saber muy bien qué decir.

Todos tenemos, tarde o temprano, una noche así, y un juez así. Yo, mire usted por dónde, los tuve anoche. Y en mitad del insomnio se me clavó en la espalda el aliento de esa persona que duerme a mi lado y confieso que fue como la constatación de un milagro repetido, la certeza de que el viaje mereció la pena. Este es el misterioso oficio de vivir, le dije al niño que fui. No son, como tú creías, los coches, la cuenta corriente, el éxito en los ojos ajenos, sino esta mujer, esta familia cincelada en días sobre días, esta respiración aquí a mi lado. Cosas que de tan pequeñas parecen insignificantes pero que son justamente el tesoro que andaba buscando. Este es el misterioso oficio de vivir, y solo se aprende viviendo.