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Nueva sociedad, nueva política

Las elecciones se ganan los lunes

Y las ganará quien pueda hablar con más gente porque haya cavado menos zanjas

 

Todos los partidos harían bien en emprender los poco más de tres meses que median hasta la resolución de los cuatro procesos electorales que nos esperan (generales, autonómicas, municipales y europeas) con buenas dosis de realismo. El realismo es algo bastante sencillo, porque tiene muchas fuentes y todas de fácil acceso, desde el ejercicio del sentido común hasta los datos empíricos.

En este caso los datos arrojan una realidad de una contundencia tan brutal que parece suicida no mirar hacia ella con humildad. Voy a resumir solo algunos de esos datos. Salimos de un mandato presidencial que va a durar, desde la investidura de Pedro Sánchez el pasado 2 de junio hasta la disolución de las Cortes antes del 5 de marzo (como muy tarde), aproximadamente nueve meses: el más corto de nuestra historia reciente (277 días como máximo).

El mandato de Pedro Sánchez proviene de la primera moción de censura exitosa en el Congreso de los Diputados, de las cuatro realizadas desde 1977. La moción de censura puso fin a la presidencia en funciones de Mariano Rajoy (581 días), que ya había sido la más corta después de la de Leopoldo Calvo Sotelo (645 días entre el 26 de febrero de 1981 y el 2 de diciembre de 1982, con un golpe de Estado de por medio) y, por cierto, el periodo más largo sin gobierno en nuestra historia.

Además, los mandatos sucesivos de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez poseen la excepcionalidad de haber coincidido en una misma legislatura (la XII, 2016-2019), no habiendo ocurrido algo así desde que Calvo Sotelo sucedió a Adolfo Suárez en la I Legislatura (1979-1982).

Mariano Rajoy pudo ser presidente en 2016 porque, por primera vez en democracia, uno de los dos grandes partidos se abstenía para que el otro pudiera gobernar; la inédita abstención de 68 de los 83 diputados del PSOE se pudo producir tras la mayor crisis en la historia reciente del partido, cuando el 1 de octubre de 2016 el Comité Federal forzó la dimisión de Pedro Sánchez. No hay que olvidar que Rajoy fue investido por mayoría simple en segunda ronda al segundo intento de investidura.

Esto se produjo tras otro periodo excepcional, constituido por la XI Legislatura que, por primera vez desde 1977, tuvo que terminar sin formar gobierno, siendo así la más corta de la historia en términos absolutos (581 días). Todo este cúmulo de excepcionalidades han sucedido en la vida política española desde el 21 de diciembre de 2015 hasta ahora, es decir, poco más de tres años. Tres años con dos legislaturas, dos presidentes, más de quinientos días sin gobierno, una moción de censura y seis récords.

Es, pues, muy voluntarista pensar que los resultados de las elecciones generales del 28 de abril van a poner fin por ensalmo a este largo y sostenido periodo de inestabilidad política. Lo realista es pensar que las dificultades van a continuar, y que la política española no puede concebirse, de momento, bajo ninguno de los cánones que se habían conocido hasta 2015.

Bajo esta perspectiva, asombra la actitud de algunas formaciones políticas, y muy especialmente las de ideología conservadora, que parecen empeñadas en cavar zanjas cada vez más hondas que nos separen a unos de otros.

Esta paradoja --menos capacidad de diálogo cuando más falta hace-- constituye una especificidad española, no sé si porque aún no estamos acostumbrados al multipartidismo como en otros muchos países, o quizá porque nuestra historia más reciente nos ancla aún peligrosamente a una inercia cainita.

Lo cierto es que es perfectamente factible que el resultado electoral vuelva a ofrecer un escenario de ingobernabilidad tanto sumando el bloque de las izquierdas como sumando el bloque de las derechas. No es menos cierto que, con cinco partidos por encima del 10% de los votos (como parece que así será), esta situación podría repetirse elección tras elección hasta un momento indeterminado.

Por tanto, conviene que todos asumamos ya que las elecciones no se ganarán los domingos (quien las gana ya no necesariamente gobierna), sino los lunes. Las ganará quien pueda hablar con más gente porque haya cavado menos zanjas o zanjas menos profundas.

*Licenciado en Ciencias de la Información.

 
 
1 Comentario
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Por pagafiestas 18:24 - 19.02.2019

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Come es habitual, rizando el rizo cuando no hay otros argumentos sólidos que aportar. Por lo visto es la ideología conservadora la que parece empeñada en cavar zanjas cada vez más hondas que nos separen a unos de otros, según el autor del artículo, impenitente defensor de Pedro Sánchez, como es sabido por todos los lectores. Ya de entrada hay que “tragarse” la afirmación de que desde el 21 de diciembre de 2015 han transcurrido “tres años con dos legislaturas, dos presidentes, más de quinientos días sin gobierno, una moción de censura y seis récords”, pero sin analizar la feroz oposición de Sánchez e Iglesias a Rajoy, con sesiones parlamentarias bochornosas, insultos al presidente y la culminación de la moción de censura con la ayuda de votos tan de fiar como los del PNV (por no mencionar a los independentistas catalanes), partido en el gobierno vasco al que se le facilitó por Rajoy la aprobación de sus presupuestos unos días antes de la moción, consiguiendo además importantes ventajas económicas por parte del Estado. Pero eso no fueron “zanjas cada vez más hondas” excavadas a Rajoy, fue un “camino de rosas” para él. Y a veces Sánchez se permite pedir lealtad al PP. Más de media España sabe quien cava las zanjas, quien abusa de los medios del Estado, quien crea tensión hasta entre los cabecillas de su propio partido, quien vino a dar lecciones de decencia y tiene a dos ministros cesados a los pocos días de su toma de posesión y a otros tres o cuatro cuestionados. Negrísimo futuro político para los españoles, cuyos primeros síntomas de paro y recesión económica ya han aparecido con tan solo 9 meses de gobierno del “insuperable” Sánchez.