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Nueva sociedad, nueva política

La era del dolor

Son trabajadores incansables haciendo su carrera profesional a costa de sus familias

 

La era del dolor -

Hace unos días vi una fotografía de Luis Sevillano, publicada en El País, que me transmitió repentinamente un conjunto de emociones que me vi obligado a identificar. Se trata de un paisaje urbano protagonizado por la torre ‘La Vela’, sede del BBVA desde 2015, en un atardecer cualquiera de un día cualquiera en Madrid; la imagen define una parte del skyline de la ciudad mientras los últimos rayos del sol impactan sobre los cristales del edificio, reflejando el característico dorado del ocaso.

Aparentemente no había razones para que aquella fotografía, propia de páginas sepias, me conmoviera. Acompañaba la noticia sobre la posible implicación de la alta dirección del BBVA en el ‘caso Villarejo’, lo que podía provocar desprecio o indignación. Pero mis emociones tenían más que ver con la melancolía, la nostalgia o la angustia.

Creo que lo primero que sentí es que en aquella hora final del día todavía habría, en ese edificio y en otros muchos de Madrid, decenas de miles de personas trabajando tras una jornada de más de ocho horas. Creo que sentí a sus hijos esperando en casa para poder verles un rato antes de acostarse. Creo que sentí a sus padres, algunos muy mayores, esperando a esa misma hora a que les trajeran la cena en alguna residencia de ancianos. Creo que sentí que muchos de esos trabajadores serían de fuera de Madrid, y estarían lejos de algunos seres queridos. Creo que pensé cuántos días haría que muchos de ellos no podían disfrutar de un rato largo de intimidad con sus parejas.

Todo esto es lo que creo que pasó por mi interior en décimas de segundo, y lo que llevó a mi garganta una cascada de intensas emociones. Después, me paré a pensar. Y me di cuenta de cuánto dolor subyacía bajo todas esas falsas promesas de éxito, bajo todos esos sacrificios, bajo todas esas soledades y bajo todos esos padres, amigos, hijos, abuelos y parejas lejos de las personas que quieren.

Seguramente nada de esto me podría haber asaltado si no hubiera convivido en Madrid durante catorce años cerca de todo ese dolor. El de trabajadores incansables haciendo su carrera profesional a costa de llegar al 5 de enero por la noche sin regalos para sus hijos. El de parejas con escasos minutos diarios para mirarse a los ojos y compartir alegrías y problemas. El de viernes de maletas y viajes en metros, trenes y autobuses para que miles de personas recorrieran los miles de kilómetros que les separaban de sus seres queridos.

De mi infancia recuerdo el dolor alrededor mío por traumas pasados, pero no recuerdo ver a tanta gente sola. Recuerdo relatos terribles de la Guerra Civil, rescoldos de la angustia del franquismo, inseguridad y miedo de la Transición. Pero también recuerdo a hijos mayores que se quedaban a convivir con sus padres para cuidarles, también recuerdo a padres que comían, merendaban y cenaban todos los días con sus hijos, y también recuerdo a jóvenes parejas que soñaban juntas durante mucho tiempo con un futuro mejor.

Creo que aunque ahora no hay traumas por guerras pasadas, vivimos efectos emocionales parecidos. La consolidación del modelo neoliberal sumada a la brutal crisis económica en la que estamos instalados ha provocado la disolución del modelo familiar y social que conocíamos y, así, el casi total desamparo emocional de una gran parte de la sociedad. Los que nacimos en los setenta y en los ochenta somos también hijos de una guerra, aunque no haya habido cerca de nuestras casas tiros ni tanques ni sangre.

La torre ‘La Vela’ tiene 93 metros de alto y 19 plantas. A ella entran al alba 7.000 personas que salen cuando el sol ya se está poniendo. Es solo una parte de la ‘Ciudad BBVA’, un complejo de 7 edificios en un recinto de 114.000 metros cuadrados. Cuando el sol cae sobre los carísimos cristales de sus fachadas, decenas de miles de personas, unas cerca y otras lejos, echan de menos a esos 7.000 trabajadores. Ellos, como una gran parte de la sociedad, no se preguntan si hay otro modo de vida o si hay que cambiar el mundo deshumanizado que hemos construido. Solo entran y salen de la torre. El capitalismo ha creado tantos paliativos para el dolor que ya casi ni lo sentimos, aunque socave a diario los cimientos de todo lo que conocíamos.

* Licenciado en CC. de la Información