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JUEVES SOCIALES

Estado de imbecilidad

 

Hace varios años que observo que estamos viviendo un proceso de infantilización absoluta, alentado desde varios sectores con una finalidad que desconozco,  pero que no es difícil imaginar a poco que nos esforcemos. Todo a nuestro alrededor debe ser divertido y todo debe trivializarse, convertirse en juego, gamificación lo llaman ahora los gurús de la educación que consideran el esfuerzo algo evitable y la memoria, un obstáculo y no una herramienta contra el bombardeo de información inútil. Si lo puedes buscar en internet, para qué aprenderlo es la consigna de este estado de imbecilidad feliz en el que debemos vivir si no queremos parecer antiguos o defensores de la lista de los reyes godos. Esta banalización de la cultura y del aprendizaje ha llegado no solo a la enseñanza sino también a la literatura.

En la primera han desaparecido los contenidos, esa palabra que parece chirriar en los oídos de los iluminados que poco tienen que ver con las luces de la Ilustración, y mucho con los neones de los despachos. Los libros (incluso los de lectura) ya no son necesarios porque todo está en los buscadores, y memorizar, por ejemplo, los ríos de España es una pérdida de tiempo. Ya los buscará el niño si necesita saber sus nombres o por dónde pasan, o mandará una foto de la ciudad donde está y se le dirá inmediatamente qué está viendo. Entre el saber inútil y el no saber, el péndulo podría haberse detenido en el justo medio, en la cantidad exacta de memoria, en no almacenar datos inútiles pero sí los suficientes para no ir por la vida pegado a una pantalla, pero no. Y en literatura, más de lo mismo. De los adolescentes se espera que sean solo niños, y se les vende una literatura de usar y tirar, digerida y cargada de etiquetas, igual que las medicinas. Este, contra el racismo, este, contra el acoso, como si los lectores no tuvieran criterio alguno y no supieran comprender de qué se les habla. O a lo mejor se trata de eso, justo de eso. Por eso se enseña por retos, pero no para que se atrevan a saber, sino solo para que se atrevan, creyendo que la vida es una competición, y ellos, ganadores o perdedores, víctimas perfectas de un sistema de premios y castigos, clientes y no personas, incapaces de enfrentarse a quienes les hacen pensar lo contrario de lo que ellos mismos hubieran elegido si supieran hacerlo. Mejor que jueguen a jugar. Ser creativos, dudar o leer son consideradas actividades de riesgo pero al mismo tiempo nos protegen de quienes quieren convertirnos en niños eternos sin responsabilidad y sin criterio.