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La curiosa impertinente

Estrategias

 

Falta una semana para que culmine el segundo tiempo del partido electoral que empezó el 28 A y las formaciones emprenden la recta final de la campaña, confiando alguna repetir goleada, minimizar los daños otras, agarrar por fin poder la siguiente y en fin todas situarse de modo que les permita pasar estos futuros cuatro años con garantías de vencer, sobrevivir, mantenerse o al menos ser capaces de influir. A tal fin inicias estrategias que duran lo que la cólera del eternamente ofendidito permite o esperan sacar más tajada del veto continuo o lo matizan o esconden las cuestionadas siglas de su partido detrás de sus sonrientes caras de gestores competentes o tienden la mano al rival necesario pero cruel o esperan agazapados a ver qué dicen las urnas ahora.

Así, el PSOE acaricia a los catalanes, insistiendo en colocar uno de ellos al frente del Congreso y el Senado, pretendiendo no se sabe si distensión o premio a la cólera perpetua y demostrando que Sánchez es muy capaz de transigir con la humillación sin precedentes de que el Parlament le vete un senador y que la única política de gestos que entienden los que se apropian del sentir general de toda su región, como si ellos y solo ellos fueran el poble sobirà, sería la intromisión del poder ejecutivo en el legislativo, y con ello la voladura de todos los cimientos del estado de derecho. Así anticipan cómo sería su república feliz donde actuarían para influir en jueces, tribunales y todo, con tal de conseguir el éxito de su causa. A todo esto, Rufián, en este particular juego de tronos, al contrario que a Daenerys, se le ha puesto súbita cara de bueno, arguyendo que lo de Iceta es un chubasco pero que quieren seguir teniendo a Sánchez bien agarradito. Claro, al presidente del no es no le da como vergüenza y por eso manda a Celaá exigir ahora sentido de estado.

A usted y a mí, querido lector y coelector, que, como en el chiste, solo deseamos que nuestro voto sea útil para nosotros y no para el aprovechado que sepa optimizarlo, no nos queda más que esperar el fin del culebrón.