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La felicidad prohibida

 

Después de leer en una semana dos artículos de dos autores sobre lo malo que es viajar (y esa coincidencia no es casual), no he podido evitar pensar en mis abuelos, en lo dura y fácil que era su vida. Sí, ambas cosas a la vez. Dura, porque no tenían las comodidades y el bienestar de ahora, y fácil, porque no sufrían censura cada vez que se tiraban un pedo (con perdón).

Ahora que sé que viajar contamina y que no es asumible por el planeta, debería sentirme bien: en los últimos diez años, por motivos personales que no voy a desgranar, apenas he viajado, hasta el punto de que no recuerdo si en esta década he tomado un avión o ninguno. En este caso, pues, el infierno son los otros.

Pero, ay, eso no me consuela. Puede que mi paupérrima actividad turística sea asumible por el planeta, pero ¿quién se libra de la censura? El asunto es que para ser buenas personas debemos cambiar, y cuanto antes mejor. Si te gustan los toros o el boxeo, malo; si te gusta la caza, malo; si te gusta vestir con pieles de animales; malo; si no reciclas, malo; si pides una bolsa de plástico en la tienda en vez de llevarla desde casa, malo; si piropeas a una mujer, malo; si te bañas en vez de ducharte, si utilizas bombillas que no sean LED o si recibes facturas en papel, malo… Cada vez que abres un periódico o ves un informativo, sientes que llevas un monstruo egoísta dentro.

Ser buena persona, responsable y comprometida se antoja una hazaña casi imposible… Algunos hemos llegado a la conclusión de que son demasiadas tareas, demasiadas preguntas en el examen, y antes o después acabaremos siendo expulsados del club de ciudadanos ejemplares. Antes, al menos, nos quedaba el consuelo de desconectar una semana al año de tantas exigencias conociendo mundo. Ya no: en el siglo XXI, el placer, de un modo u otro, siempre es nocivo.

Evite ser feliz, querido lector: el planeta y el prójimo se lo agradecerán.

*Escritor.