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La mirilla

El fin del sueño americano

 

Marian Rosado Marian Rosado
24/03/2019

Esta semana comencé a ver Leaving Neverland, el polémico documental en el que dos hombres cuentan los supuestos abusos sexuales que Michael Jackson ejerció sobre ellos cuando eran niños. Apenas he tenido tiempo de ver una hora de las cuatro que dura el filme. Supongo que lo intentaré acabar. Más empujada por el morbo que por curiosidad periodística y siempre que las descripciones de los supuestos abusos no sobrepasen lo que mi estómago puede aceptar.

Como aún estoy en el inicio, lo que me ha conmocionado del documento no es su temática principal, sino la presentación de toda la trama. Década de los 80. Conocemos a dos niños, uno estadounidense y otro australiano, y a sus familias «de clase media». Los dos pequeños están destinados a ser estrellas infantiles y, por diferentes azares, logran conocer a la estrella del pop. Mega-estrella del pop como bien nos recuerdan.

Aparentemente, Jackson los embauca con todo tipo de lujos y atenciones. Viajes en jet privado, cenas en restaurantes caros, suites presidenciales en hoteles de cinco estrellas... Y visitas a su rancho de Neverland. Aquí es donde llega mi shock.

Ya conocía la finca del Rey del Pop, pero no con tantos detalles. El rancho, además de viviendas de lujo, tenía parque de atracciones, salas de cine y de juegos, y hasta un zoológico, con todo tipo de animales exóticos.

Mi pregunta, desde la también llamada ‘clase media’ es: ¿es esto normal? ¿Así viven los ricos? ¿Es necesaria tanta extravagancia? No sé. Quizá sea la envidia del proletariado.

Y a estas familias les fascinaba la propiedad.

Michael era «la representación del sueño americano», le dijo el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, como recuerda el documental. «Hoy ya no existen ese tipo de mega estrellas», explica uno de los niños, que ya es adulto.

Michael Jackson murió en 2009. Con su muerte quizá también lo hizo el sueño americano. O al menos para mí. La caída de la imagen del cantante es el declive de la representación de su país. Porque los Estados Unidos ya no exportan música pop y Pepsi. Sino tenencia de armas y supremacismo blanco. En realidad antes también, sólo que ya no lo maquillan.