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Tribuna abierta

Genes, familia y educación

¿Basta con el amor de los padres para acometer la educación de sus hijos?

 

Genes, familia y educación -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
24/11/2017

Cada vez que planteo el tema del «diseño genético» de seres humanos (los «bebes a la carta»), mis alumnos ponen el grito en el cielo. La ingeniería genética está moralmente muy mal vista, ya se aplique a personas o a plantas de soja. La gente prefiere confiar en la madre naturaleza, es decir, en el bricolaje chapucero y ciego de la evolución –así lo llamaba el premio nobel François Jacob– antes que en la ingeniería precisa y orientada a fines creada por humanos. Más vale malo conocido que bueno por conocer, parecen pensar mis escamados alumnos. Con los alimentos transgénicos igual: se confía en la química errática de la naturaleza, pero no en la mucho más precisa de la ciencia. Se dice que la tecnología persigue fines oscuros, como si fuera imposible cambiarlos, y como si la naturaleza los tuviera alternativos (o como si, simplemente, los tuviera).

Uno de los argumentos más divertidos que usan mis alumnos para cuestionar la moralidad del diseño genético es que, más allá de evitar ciertas enfermedades (para eso sí les parece bien), podría servir para hacer niños más guapos. ¡Y esto sí que no –exclaman, escandalizados, como cristianos viejos que son, de tamaña frivolidad– ! Cuando les recuerdo que para ellos –que también son griegos– la belleza física es tan importante o más que la salud (de hecho dedican más tiempo a estar atractivos que a casi ninguna otra cosa), o lo concienzudos que son cuando se trata de decidir qué ropa o móvil se compran, se me quedan mirando enfurruñados. ¿Pero cómo va a ser –les provoco– que para elegir el aspecto de un móvil os paséis la tarde buscando y pensando cuál es más bonito, y que para configurar el aspecto de un niño, que es mucho más importante, penséis que lo mejor es dejarlo todo al azar natural?

Pero hay otra cosa aún más extraña. A mis alumnos les subleva que los padres puedan diseñar el cuerpo de sus crías, y ven en ello mil y un peligros, pero les parece perfectamente aceptable que les eduquen y moldeen el alma como quieran sin tener, para ello, ningún mérito acreditado... Vamos a ver –les digo–, si para que yo, que soy vuestro profe, pueda formaros en algunas cosas muy concretas, y durante unas pocas horas, he tenido que estudiar muchos años y superar unas pruebas muy duras, ¿cómo es que para tener un hijo y educarlo como uno quiera durante toda la vida no hay que hacer, normalmente, ni un simple test psicotécnico? ¿Es esto lógico? Es cierto –añado ante el gesto de indignación de algunos– que el amor es condición necesaria y fundamental para educar, y que de eso los padres andan siempre sobrados, ¿pero basta con eso?

Hay que añadir que buena parte de las ideas-fuerza en política educativa se inspiran en este presunto «derecho natural» de los padres a educar como quieran a sus hijos (para eso son «suyos», me dicen los defensores del derecho de propiedad de las personas). El principio de la libertad de los padres a elegir la ideología de la escuela de sus vástagos (y a exigir que el Estado la sostenga con fondos públicos), por ejemplo, o la idea (tan distinta de la anterior, pero sostenida por los mismos) de que la escuela no debe adoctrinar ideológicamente a los alumnos (en materias como «Educación para la ciudadanía»), pues para eso ya está la familia, son algunas de las creencias que determinan, y lastran a menudo, el debate político sobre educación.

Las dos ideas que he citado son, por cierto, muy discutibles. Ni la libertad ideológica de los padres debería pasar por encima de la de los hijos para formarse sus propias ideas (en un marco educativo plural y crítico como ha de ser el de la escuela pública), ni ninguna familia tiene, que yo sepa, más derecho a adoctrinar a sus hijos que la comunidad de la que estos forman parte como ciudadanos. ¿Por qué habría de tener la familia esa prioridad? Al fin y al cabo, la educación, los valores, la razón y el derecho son más propios de la institución política que es la ciudad que de la estructura más natural que es la familia. Y sí, tal vez no estamos aún preparados para diseñar sus genes, ¿pero no deberíamos, al menos, replantearnos el papel de la familia en la educación y ser más exigentes con el?...

   
1 Comentario
01

Por Infraestructuras 12:30 - 24.11.2017

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Una sociedad que deja su educación a la familia, está condenada a perpetuar sus males. De esta manera la familia extremeña (poco reivindicativa), en comparación con la vasca o la catalana, perpetuará su territorio al subdesarrollo. Viva la Subvención. JJ