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La curiosa impertinente

La guerra del taxi

 

Un día que llegué a Madrid a la estación de autobuses de Méndez Álvaro, --hace algún tiempo que prudentemente evito el tren--, me encontré en el metro con que, para recorrer dos estaciones, trayecto que costaba un euro y veinte céntimos, tenía que pagar un extra por una tarjetita que me encarecía el triple. Un amable funcionario me explicó que la susodicha sólo tenía que adquirirla una vez y no le conmovió que fuera escasa mi posibilidad de reutilizarla, pues la próxima vez me la iba a olvidar, seguro. Poco dispuesta a pagar seis euros por un trayecto que vale un tercio, me fui a la parada de taxis, donde el amable taxista cargó y descargó mi maleta, me llevó a mi destino y me costó lo mismo. El hombre me hizo la vida más fácil y me he acordado ahora que se va haciendo habitual escuchar a familiares o amigos madrileños la definitiva sentencia de que «no pienso volver a coger un taxi en mi vida». Aunque en Cáceres no tenemos de momento ese problema y se me haría muy raro contemplar en modo violento a los tranquilos, amables, profesionales y serviciales taxistas cacereños, una repudia, al igual que tantos tranquilos ciudadanos, el espectáculo inadmisible de la violencia callejera que hemos visto televisado en Madrid y Barcelona. Que se señale a empresarios por dar trabajo a la gente y querer ganar dinero, o que se acose, al grito de ¡Modernos! a políticos como Rivera, al modo en que los ciudadanos de Madrid rompían las farolas en el siglo XVIII para expresar su miedo y rechazo a los nuevos tiempos. Una cree que el progreso de las ciudades consiste en hacer la vida más fácil y agradable a los ciudadanos y que estos puedan elegir, entre otras cosas, en cómo se mueven por ellas. Pero debe de ser que una es también una moderna y es mucho mejor permanecer en el pasado como ha decidido Barcelona con su deshonrosa rendición que manda al paro a miles de trabajadores. Aunque lo más bochornoso siga siendo la dejación de funciones del gobierno de la nación, con el exótico ministro que no se sabe para qué sirve, como no sea para cobrar su sueldo.