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Café filosófico

Haced el amor...

En Europa son comunes los gobiernos de coalición, pero todo depende del contexto

 

Haced el amor... -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
17/07/2019

En el relato político se toman habitualmente como sinónimos términos que, como los de «diálogo» y «negociación», no lo son en absoluto, pero que muchas veces interesa confundir. Es lo que hacen los líderes políticos exhibiendo la retórica tramposa de la negociación y clamando, a la vez, con rictus teatral, por un «diálogo» o entendimiento «verdadero».

En términos esenciales, «diálogo» se refiere al uso compartido de argumentos racionales para intentar clarificar un asunto. La negociación, en cambio, refiere el proceso por el que, mediante todo tipo de artimañas (amenazas y engaños incluidos), cada parte trata de imponer sus objetivos a las demás. El diálogo alude, pues, a la búsqueda – según ley racional – de una verdad o bien común. La negociación, en cambio, al logro – según ley económica –del máximo beneficio al mínimo coste para cada una de las partes.

Por supuesto que la descripción anterior es muy simple. En política, el diálogo (entre ideas o principios) se ve ineludiblemente ligado a la negociación (entre esa versión pobre y ciega de las ideas que son las voluntades e intereses particulares y partidistas). Qué le vamos a hacer. No somos ángeles de luz y razón. ¡Pero tampoco bestias dominadas por las pasiones! El diálogo siempre debe tratar de imponerse a la negociación. No de forma retórica, sino honesta y profunda.

Tomemos un ejemplo de actualidad. El de las conversaciones entre Podemos y el PSOE para formar gobierno. Es cierto que en este caso se usa habitualmente la palabra «negociación». Pero, a la vez, se clama para que dicha negociación sea «justa», un término que en este contexto –de puro y duro chalaneo– solo parece tener valor retórico. ¿Pero es solo valor retórico lo que tiene? No. La palabra «justicia» no puede dejar de invocar al diálogo en torno a lo que realmente corresponde a cada cual y a lo que sea –y se le deba– al bien común.

¿Qué es lo más justo, pues, en esta suerte de «duelo» (pues así ha querido escenificarse) entre Iglesias y Sánchez? En primer lugar, y si se trata de dar a cada uno lo suyo, la lógica electoral exige ceder a Podemos. Y, sin embargo, comienza a dar la impresión de que es quien más se empecina en sus posiciones, algo que no parece sensato frente a un PSOE que, en caso de fracaso de la legislatura (o de improbable pero no imposible pacto con la derecha), va a vender fácilmente el relato de la irresponsabilidad de un Pablo Iglesias desesperadamente obsesionado por (sobrevivir políticamente en) un ministerio.

Es cierto que en Europa son comunes los gobiernos de coalición, pero todo depende del contexto. Mucho nos tememos que, aquí y ahora, un gobierno de Sánchez e Iglesias como vicepresidente o ministro plenipotenciario no funcionaría (mucho tendrían que cambiar el PSOE y Podemos para hacer viable esa entente). Lo sabe también la derecha, que por eso, entre otras cosas, empuja hacia ese lado. Una crisis gubernamental cada dos por tres sobre el telón de fondo, ya en sí inevitablemente conflictivo, del problema catalán (¿quién se cree que Podemos y sus confluencias vayan a «aguantarse», como dicen, ante un nuevo escenario de tensión en Cataluña?), todo ello convenientemente agitado por los medios, es justo lo que necesitaría la derecha para volver rápidamente al poder.

Atendiendo, pues, al bien común y a la necesidad de un gobierno estable que evite nuevas elecciones (algo probablemente desastroso no solo para la izquierda en particular, sino para la confianza de la ciudadanía en el funcionamiento de las instituciones en general), Podemos y PSOE deben pactar un gobierno duradero y moderado –acuerdo programático mediante–, que no requiera alimentar a la bestia nacionalista ni dar más motivos de los imprescindibles a la inevitable estrategia de provocación y crispación de las derechas. Va a ser muy difícil. Y debe ser Podemos quien comience por dar ejemplo de diálogo y generosidad (a la vez que gana tiempo y espacio para emprender una renovación a fondo, empezando por la de sus líderes --como corresponde tras un fracaso electoral sin paliativos–). Así son las cosas. Si no puedes hacer la guerra, haz el amor. A veces, para ganar el cielo, resulta lo más eficaz.