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Café filosófico

...Y líbranos del juego, amén

No creo que la afición desmesurada al juego sea ninguna patología fatal

 

...Y líbranos del juego, amén -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
06/11/2019

Se suceden estos días manifestaciones en demanda de leyes más restrictivas sobre el juego, especialmente el que se da en los salones de apuestas deportivas (se ve que el bingo, las quinielas o las administraciones de lotería no cuentan en esto). Una inquina que va más allá de la –lógica– preocupación por la protección de los menores (que por ley tienen prohibido el acceso a estos locales). ¿Por qué esta inquina? Las razones que se aducen son que allí la gente se aficiona desmesuradamente al juego, que esto es algo muy nocivo y que, como tal, exige la firme intervención protectora del Estado. ¿Son estas razones razonables? Veamos.

En primer lugar, cuando se afirma que el juego es nocivo se pueden decir dos cosas: que es nocivo para la sociedad en general o que lo es solo para la persona que juega (y su entorno inmediato). Vayamos a lo primero. ¿Es la desmesura en el juego especialmente perjudicial para la sociedad? Por de pronto jugadores y salas de juego pagan abundantes impuestos (suficientes en todo caso para compensar supuestos perjuicios). De otro lado, ¿no hay «adicciones» –a la especulación financiera, al consumo, al uso indiscriminado del coche…– más costosas y perjudiciales para todos que el juego –y acerca de las cuales nadie se manifiesta–?

En segundo lugar: ¿es el juego malo para quien juega? Antes de nada aclaremos si con «malo» se quiere decir aquí «estar malo» (o enfermo) o «ser malo» (o vicioso). El matiz es importante. Pues si lo de jugar mucho es cosa de «estar malo» (una ludopatía) no hay más que ser pacientes y dejarse tratar por los expertos. Pero si es cosa de «ser malo» (en plan vicio) entonces tenemos un problema moral del que –con toda la ayuda que se quiera– será el propio jugador quien tenga que hacerse cargo (a no ser que pase de la «adicción» al juego a la «adicción»– no sé si menos nociva– a los terapeutas).

YO, AL MENOS, no creo que la afición desmesurada al juego sea ninguna patología fatal. Si la gente puede dejar de comer y hasta de vivir a voluntad (piensen en una huelga de hambre o un suicidio) no veo por qué no pueden reprimir su deseo de jugar (un deseo se supone que más leve que el de alimentarse o existir). El problema es querer. Pero la voluntad no la insufla ningún psicólogo, ni se activa con ninguna pastilla –qué le vamos a hacer– ; es más bien asunto de convicción moral.

Ahora bien: ¿por qué va a querer uno dejar de hacer algo tan gustoso –al menos para el jugador– como jugar y apostar sin tregua? ¿Porque hay cosas mejores que hacer en la vida –trabajar, estar con la familia, hacer deporte...– ? Sospecho que a él, al menos, no se lo parece. ¿Porque todo en exceso es malo –como dice la gente–? ¡Qué va! De las cosas buenas –el amor, la salud, el dinero, el placer– más vale siempre que sobre –dice la misma gente–. ¿Entonces? ¿Será por no contrariar los intereses y necesidades de los más allegados? Tal vez. Pero aquí habría que pensar hasta qué punto debe uno hacer lo mejor para sí y no para los demás. Y si uno cree que no hay nada mejor que la pasión por el juego, ¿a qué disimular? Al fin, la vida es también juego auto-destructivo, pasión inútil –dicen algunos filósofos–, simple fruto del azar –dicen los científicos–, una oportunidad para enriquecerte –dicen los coaches– , o un diario y emocionante «carpe diem»– dicen los anuncios de la tele–...

Supongamos, no obstante, que jugar fuera, como clama el neo-puritanismo reinante, un horrendo vicio. ¿Tendría entonces el Estado que venir a salvarnos de él? Según muchas personas sí. Para ellas el Estado se ha convertido en el Administrador supremo, no ya de los impuestos o el tráfico, sino de la vida de la gente, a la que ha de proteger incluso de sus propios vicios (no solo del juego, fíjense cuántas otras presuntas adicciones –el móvil, los video juegos, el sexo…– requieren hoy de esos ayudantes técnicos en moral que son los terapeutas). ¡Bendito Estado! –piensan estos ciudadanos– ¡Ojalá nos tutele con mayor energía aún! –se manifiestan–. No vaya a ser que, minusválidos morales como somos, caigamos en tentaciones como la de... ¿Jugar a pensar sobre todo esto, sin ir más lejos?

*Profesor de Filosofía.