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Café filosófico

Ni hispanidad ni catalanidad

Imagino el día en que no hagan falta desfiles de la Hispanidad ni movilizaciones por la Catalanidad

 

Ni hispanidad ni catalanidad -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
16/10/2019

Escribo bajo el volcán reactivado del nacionalismo catalán, comprobando como, para desgracia de todos, una sustanciosa cantidad de ciudadanos antepone la charanga patriotera al cumplimiento de las leyes y obligaciones cívicas. Algo que, por otro lado, tiene su lógica: si quieres justificar que las leyes reconozcan tus presuntos derechos, no ya como persona o ciudadano de un Estado, sino específicamente como catalán (español, inglés, mexicano o mogol) no tienes más remedio que echar mano de las fanfarrias, las banderas, los desfiles y las movilizaciones patrióticas; porque lo que son razones...

Ha coincidido la sentencia del ‘procés’ y el rebrote independentista en Cataluña con la más discreta polémica acerca de la celebración de la Hispanidad y el descubrimiento de América. Una disputa que, en los términos en que suele presentarse, no es más que una burda pamema. De entrada, porque ambos bandos tienen una proporción similar de razón. Los unos por recordar que, como toda conquista que se precie, aquella estuvo plagada de crueles abusos e imposiciones. Y los otros por hacer valer todo lo que los españoles aportaron (una lengua común, ciudades, universidades, ciencia, etc.), amén del espíritu ecuménico que, mal que bien, orientó su conquista bajo cierto conato de reconocimiento de derechos para los indígenas y un mestizaje cultural (y humano) que para sí hubieran querido los americanos –simplemente exterminados– más al norte.

Pero el problema, decía, no es el de esta vieja polémica. El asunto interesante –y que conecta con el tema catalán– es si hay algún acontecimiento histórico, relacionado con cualquier nación, que no sea, de hecho y por principio, igual de moralmente ambiguo que lo es la conquista de América. Y la respuesta es que no. No hay imperio, país, nación o proyecto de nación que no deba su existencia (o su deseo de existencia) a la apropiación del territorio y el sometimiento de poblaciones previamente asentadas que, con casi total probabilidad, hicieron lo propio con las anteriores, y así hasta el principio de los tiempos. Y esto incumbe al viejo Reino de Castilla, a las culturas e imperios precolombinos, y a las naciones que componen hoy Latinoamérica; a la España actual y la proyectada República catalana; y a todas las naciones, en suma –las más fuertes y las que esperan serlo en el futuro–, que comparten, en distinto grado, ese mismo pecado original que es la violencia y el robo.

Un pecado que lo contamina, por demás, todo. Pues nuestras particulares costumbres, idiomas, instituciones y creencias son, también, fruto de invasiones e imposiciones sucesivas. No hay cultura particular –desde la de los antiguos griegos hasta la de las tribus de cazadores-recolectores– que no nazca y se mantenga de la flagrante injusticia que supone considerar «nuestro» un trozo del planeta y expropiar al resto de los humanos de él.

Así pues, si fuéramos moralmente rigurosos, ante cualquier conato de fiesta nacional la reacción más justa sería aquella que cantaba Brassens: quedarnos en la cama igual, mientras, a lo lejos, suenan los himnos, cañonazos y consignas de solemnes descendientes de piratas clamando por el patriótico derecho a seguir privando a los demás de lo que previamente les han arrebatado.

Encamarnos, sí, y recordar allí que siempre es posible abstraer algo universalmente valioso de esas culturas de piratas que llamamos naciones. Por ejemplo, la idea de que el mundo y el derecho a habitarlo son uno y el mismo para todos. Y sí, sé que recitar este ideal cosmopolita, intuido por santos y filósofos, mientras hordas de jóvenes –para más inri de izquierdas– se dedican ahora mismo en Cataluña a adorar a la misma madre (patria) de todas las rapiñas e injusticias, es un triste brindis al sol. Pero no puedo evitar imaginar el día en que, por tratarnos justamente unos a otros, no hagan falta desfiles de la Hispanidad ni –no menos disciplinadas, ciegas y ruidosas– movilizaciones por la Catalanidad para acallar nuestra mala conciencia. Esa que provoca el creernos dueños y señores de lo que no es nuestro. Ya digo: un sueño.

*Profesor de Filosofía.