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La curiosa impertinente

El honor del cargo

 

Desde la temprana muerte, horripilante pero justa, de un rubio reyezuelo de Juego de Tronos, dejé la serie porque me parecía muy bestia. Después he seguido de lejos esa historia bárbara como la vida misma, y baste recordar que Drácula no fue un invento de Abraham Stoker, sino que el angelito vivió, mató y murió con el nombre de Vlad el empalador.

Así, la historia de Inglaterra proporcionó a Shakespeare argumentos sangrientos que igualan cualquier boda roja aunque, afortunadamente, Occidente abandonara no hace tanto la matanza como medio de llegar al poder. Por eso ahora cuando Iglesias utiliza la sádica serie para reflejar la política actual y comete la petulancia de considerarse un Jaime Lannister ibérico, se lo perdonamos.

Guardo entre mis recuerdos cinematográficos favoritos el de un sublime Richard Burton, encarnando a Tomás Becket, en la película que con el título Becket o el honor de Dios, protagonizó junto al no menos sublime Peter O’Toole en el papel de Enrique II Plantagenet. En ella, y en el drama de Anouilh en que se basa, el rey astuto y malvado nombra a su amigo y compañero de escapadas lujuriosas, canciller de Inglaterra y arzobispo primado de Canterbury, para subordinar la iglesia a la corona. Mas no contaba con un invitado indeseado. Y es que el cargo que aceptó el corrupto amiguete le imbuyó también de un hasta entonces inexistente honor de Dios que le movió a actuar en justicia oponiéndose a los manejos que el monarca exigía.

Hoy, que no es muy popular referirse al honor de Dios, tal vez sí lo sea hacerlo al honor del cargo y del mandato recibido. Los presidentes del Congreso y del Senado son propuestos por el partido ganador, pero los nombran los representantes del pueblo, es decir el propio pueblo español. Tenemos derecho a exigirles que sirvan a los intereses de todo el pueblo que los ha nombrado y no a los del presidente al que obedecen.

¿Así lo hacen cuando la una desconoce el significado de la palabra automáticamente y el otro opina que una sentencia absolutoria solucionaría el problema catalán? ¿No resulta una vergüenza?