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A la intemperie

Hoy ha muerto Joselito

Hoy se cumplen exactamente cien años de la muerte de Joselito el Gallo

 

Imagen de Joselito coloreada por Navarrete. -

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
16/05/2020

Hoy, en los ruedos de España, no podrá guardarse silencio en su memoria. Vacíos los tendidos por primera vez en cien años. Solo el vuelo de una paloma en el candor celeste de su ausencia.

José, Joselito, el Gallo, Gallito en los carteles, sigue siendo, entre la gente del toro, en majestad, el rey de los toreros. Un torero sin otro. Un dios joven. Un coloso en traje corto. En sus venas, la sangre azul de los flamencos. En su mirada de niño, el hombre que vino a mandar. Ni siquiera Juan Belmonte. Ningún torero mandó tanto, dentro y fuera de los ruedos. José fue, no solo la cumbre enciclopédica del toreo antiguo, sino el pórtico luminoso del toreo nuevo. Mandó en la edad de oro de la tauromaquia y, lo que tiene más mérito, mandó estando presente Juan, el pasmo trágico. En versos de José Bergamín: «En José estuvo el soplo y en Juan la brasa: y en los dos encendida, la llamarada».

Joselito hizo el paseíllo en Talavera a petición del crítico Gregorio Corrochano. Una plaza que, por cierto, había inaugurado tiempo atrás, su padre, Fernando el Gallo. Allí le sorprendió el instante solemne de la muerte. Sufrió Joselito una única y fatal cornada, la de ‘Bailaor’, y fue precisamente hace hoy cien años. Pero hoy no podremos guardar un minuto de silencio por él. Al menos no en las plazas.

Joselito no era solo, con ser mucho, el más portentoso dominador de todas las suertes. No era solo, con ser mucho, el más soberbio conocedor de todos los terrenos. Era más. Mucho más. Más que la inmensa fantasía de su capote. Era más. Más que una voluntad de hierro. Era más. Más que Bombita y Gaona. Era más. Más que Cocherito. Era más. Más que el promotor de las plazas monumentales. Era más. Más que el forjador del toro de hoy. Joselito era, y sigue siendo, cien años después de la tragedia de Talavera, el Rey de los Toreros.

«El toreo por antonomasia era José». Son palabras de Juan Belmonte. José y Juan. La historia la escribieron los admiradores de la estampa atormentada de Juan Belmonte. El primero, Chaves Nogales. Belmonte cultivó su propio mito dentro y fuera de la plaza. Tenía percha literaria. Joselito, en cambio, solo sabía hablar de toros. Siempre de corto, siempre en torero. Solo sol. Y si el credo gallista lo escribió Gregorio Corrochano en «Qué es torear», quien mejor lo entendió fue el crítico Pepe Alameda: «La aparición de Joselito –rey de la luz- produjo júbilo. La de Belmonte –señor de las sombras-, asombro.» Pepe Alameda supo ver en Joselito el toreo nuevo; el toreo en redondo, en series de muletazos ligados como Joselito anunció, entre mares de canotiers, aquella tarde del 3 de julio de 1914, en el madrileño coso de la carretera de Aragón. Esas fueron las primeras estrofas del toreo moderno.

A Talavera llegó, vestido de grana y oro, cantando las coplas del Espartero. Al final, para que la faena no escondiera engaño, le esperaba ‘Bailaor’. Un burriciego que le abrió el vientre. «Giraldilla mora, lágrimas en tu pañuelo, mira cómo sube al cielo la gracia toreadora» cantó Rafael Alberti. Y replicó Gerardo Diego: «José, José, ¿por qué te abandonaste roto, vencido, en medio de tu victoria? ¿Por qué en mármol aún tibio modelaste tu muerte azul ceñida de tu gloria?».

Hoy, en el albero, una espuerta de cal; hoy ha muerto Joselito, y con él la seda y el percal, y hasta el sol ha muerto hoy. ¡Silencio!, que ha muerto el rey de los toreros. ¡Silencio! que en un rincón oscuro le llora Guadalupe de Pablo Romero.