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En la otra esquina

Humores

 

Carlos Ortiz Carlos Ortiz
14/10/2019

Últimamente ando más pendiente de los humores del prójimo que de otra cosa. En tareas profesionales los expertos opinan que ir de buen rollo al trabajo significa salud. De la mental, digo yo, porque la física, te pongas como te pongas, se ve mermada, en mi caso, por las horas delante del ordenador y ese móvil al que ya empecé a cogerle tirria hace tiempo cuando suena demasiado. Por eso me parecería un buen ejercicio hacerse, antes de salir de casa cada mañana, un test de humor, similar al de velocidad de nuestra computadora, para determinar hasta qué punto podremos soportar ese día las faenas que nos hagan en el curro.

Con estas premisas, he optado por hacerme una autoevaluación y he de aceptar que mi test daría valores negativos por las mañanas cuando en casa tenemos que organizar camas, desayunos y lavadoras antes de llevar a nuestras hijas al cole. También puedo decir en mi descargo que estoy haciendo propósito de enmienda y voy mejorando mis estadísticas con un humor aceptable. Hagan ustedes mismos la prueba porque lo mismo se llevan una sorpresa. En cualquier caso, admito que, ya en la oficina, intento que los primeros mensajes en el mail me afecten lo menos posible para que el día no se tuerza. Eso sí, recomiendo llegar desayunado al trabajo por lo que pueda ocurrir de primeras. Del resto de la jornada poco más puedo explicarles que no sepan: el humor que sube y baja, las pequeñas o grandes crisis laborales que resolver y esa sensación de que todos estamos en una gran casa en modo Gran Hermano en la que nuestro humor depende mucho de con quién nos topemos. No sé si existen pastillas contra esto. De momento, soy afortunado: no he ido a la farmacia a por las del buen humor. ¿Las tendrán?

*Periodista.