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Café filosófico

Ir a ver pobres

Está de moda organizar visitas turísticas por barrios miserables de Bombay o Rio de Janeiro

 

Ir a ver pobres -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
28/08/2019

Se llama «slumming» o «poorism», y consiste en organizar visitas turísticas por los barrios más miserables de ciudades como Bombay o Rio de Janeiro. Los organizadores prometen una experiencia inolvidable –con las pertinentes medidas de seguridad– o, al menos, la ocasión de hacerse un selfi junto a una favela o un grupo de niños de la calle antes de volverse a la piscina del hotel.

En el Emoya Luxury Hotel and Spa, en Sudáfrica, ofrecen todavía algo más que ir a ver pobres: vivir como ellos en un verdadero Shanty Town (barrio de chabolas) construido allí mismo y al que no le falta detalle: fachadas de uralita, barriles de latón y neumáticos para hacer fuego, caño exterior de agua para lavarse... Todo, por supuesto, opcional, pues por dentro las «chabolas» disponen de todas las comodidades imaginables.

Este tipo de turismo no es, por cierto, un fenómeno menor: Dharavi, el suburbio más pobre y superpoblado de Bombay es ya, según TripAdvisor, el destino favorito de quienes visitan la India, por encima del Taj Mahal y otros lugares emblemáticos. ¿Cómo explicar esto?

Sería curioso observar, antes de nada, las similitudes entre el turismo y otros fenómenos de entretenimiento y consumo de masas como la televisión. Así, no parece descabellado comparar el poorism con los programas televisivos en que se recrean, con toda sordidez, peleas, rupturas de pareja, despidos, autopsias u operaciones policiales. ¿No hay detrás un mismo afán por el espectáculo y por captar clientes en un entorno en el que el tradicional turismo de monumentos parece ya tan desfasado como los «programas culturales» de la tele?

En cualquier caso, ya se trate de la telerrealidad o del slumming, ¿qué explica el éxito de esta tendencia ultra pornográfica a enseñarlo y profanarlo todo que se ha apoderado del espectáculo? Una respuesta simple puede ser la facilidad con que cabe satisfacer, hoy, ese mínimo afán aventurero y máximo de curiosidad superficial y morbosa que define nuestra condición más básica. Así, lo que antes representaba un costoso «viaje alternativo» para el típico «BoBo» (burgués bohemio de clase media alta) que rechazaba el viaje organizado y buscaba compartir la vida de los lugareños, ahora se vendería como un paquete estandarizado al alcance de todos en las versiones más zafias del slumming o la oferta de fin de semana en el Shanty Town del hotel.

Pero más allá de la novelería turística (heredera cutre de ese interés por lo pintoresco en que radican el gusto por los viajes y por la «cultura popular» –o su idealización– entre las clases altas), el poorism y fenómenos similares responden seguramente también a otros elementos característicos de nuestro tiempo. Uno de ellos es la obsesión –tan anglosajona y puritana– por la transparencia. Transparencia no ya referida a la política o la empresa, o al ideal de vigilancia absoluta en nuestras sociedades del Big Data, sino también a la completa impudicia con que el «sistema» muestra hoy sus miserias –demostrando, a la vez, que no hay lugar fuera de foco por el que salirse del juego que las genera–.

Ahora bien, todo es hoy tan visible –dicen algunos críticos de esta «sociedad de la transparencia»– que resulta casi imposible ver nada. Más que herramientas para la representación y el análisis, las cámaras (y uno de sus vehículos, el turista) son hoy –como dice Hito Steyerl– herramientas de desaparición y olvido. La fotografía, la tele, el tour... son formas de borrar el mundo. Paradójicamente, tanta impostura «realista» genera un ansia de autenticidad que parece desfogarse, como en un círculo, en una exigencia aún más visceral y primaria de realidad –y así el reality extremo, la obsesión por lo «orgánico», el porno amateur y cuasi ginecológico, los juegos adolescentes con la muerte, o... el slumming–.

En cualquier caso, con lo que el poorism no tiene nada que ver es con una «toma de conciencia» social, ni con la confirmación de esa patética moraleja del «son pobres, pero más felices que nosotros». Prueba de que el viaje turístico no sirve para aprender nada es que los que sueltan esta parida no se quedan allí donde, según ellos, reina la felicidad. Tan bobos no son.

*Profesor de Filosofía.