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Tribuna abierta

La izquierda adolescente

Es frecuente el discurso de exigirlo todo sin dar ni proponer nada a cambio

 

La izquierda adolescente -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
25/01/2018

Se suceden las opiniones críticas sobre la debacle de Podemos. Gran parte de ellas desde el propio entorno podemita. Si algo muy bueno tiene la izquierda es el espíritu autocrítico (sin él degenera rápidamente en tribalismo doctrinario), aunque eso le lleve, en ocasiones, a la obsesión narcisista por el «debate interno».

Por lo demás, la izquierda, especialmente la que representa Podemos, padece de otros rasgos adolescentes menos estimables que este de la crítica y el cuestionamiento de sí. Rasgos como el de la inmadurez a la hora de exigir medidas políticas (reivindicándolas, a menudo, de manera ignorante y prepotente), o el de la confusión entre la «indignación» y la política, o el de ese impertinente complejo de superioridad moral e intelectual (con el sectarismo y el exceso de vehemencia correspondientes) que caracteriza secularmente a la izquierda. Rasgos en fin que, junto al de la identificación con objetivos políticos poco relevantes (o incluso indeseables) para la mayoría, o la adopción de posiciones ambiguas y poco comprensibles con respecto al Estado y sus instituciones, podrían explicar, en parte, su situación presente.

Es «adolescente» el discurso, frecuente en la izquierda, de exigirlo todo sin dar ni proponer (ni siquiera amenazar con) nada a cambio, exhibiendo así un desconocimiento palmario de la realidad. Exigir al capital y sus representantes la satisfacción de demandas sociales (trabajo, salarios, vivienda digna....) del mismo modo que el quinceañero exige la paga a sus padres (como si esta se le debiera por una especie de derecho natural) dice muy poco de la madurez de una propuesta política. El estado social, la redistribución de la riqueza, los derechos adquiridos... no son cosas a reclamar, sino cosas a justificar y reconquistar (razonable y eficazmente) una y otra vez.

Tampoco la indignación por sí sola, y la autocomplacencia moral que genera, son ningún motor revolucionario. Al contrario: llegan a ser el «opio» de esa izquierda que, en lugar de comprender y transformar, alivia y entretiene conciencias con un activismo inofensivo y estéril más propio de una ONG que de un proyecto político. El fin de la acción política no es «hacer pequeñas cosas en pequeños lugares», sino cambiar el modo de hacer cosas y de habitar el mundo.

De otro lado, el modo de reclamar en nombre de presuntos derechos adquiridos, o los alardes de indignación, son ambos expresiones (típicamente adolescentes) de ese otro síndrome de inmadurez –y de aislamiento social– que es el complejo de superioridad moral de la izquierda. Es ese complejo lo que explica la tendencia, elitista y estúpida, de culpar de sus fracasos a todo y a todos (a los ciudadanos manipulados, a la sociedad que «involuciona», a los medios al servicio del Estado, a la conspiración de los poderes financieros…) menos a su real incapacidad para ofrecer alternativas serias y convincentes.

En lugar de ofrecer tales alternativas, la izquierda (de aquí y de todos lados) se ha empeñado durante estos años en identificarse con minucias intrascendentes (como aquí la república o la laicidad del Estado) o con asuntos que, aún siendo más importantes (ecología, feminismo, memoria histórica, derechos de las minorías...), no podían por si solos configurar un imaginario político que suscitara el apoyo social mayoritario (cuando no se ha entregado a otros que –como el separatismo catalán– lejos de suscitar ese apoyo, lo ahuyentaban).

Por último, y ante el sempiterno dilema de toda izquierda (cambiar y convencer desde dentro, o forzar desde fuera), Podemos ha incurrido, entre otras, en la torpe estrategia (no menos adolescente) de simular lo uno para intentar lo otro: ha penetrado en las instituciones, pero sin comprometerse ni demostrar capacidad para la gobernabilidad con y desde ellas; y ha optado –a la vez– por la subversión «desde fuera», pero sin tener, ni de lejos, el músculo social para llevarla a cabo. Así que –como les suele ocurrir a los adolescentes– ni lo uno ni lo otro, ni se ha integrado ni se ha rebelado, ni ha podido poder ni ha podido con el poder. Lo único que le queda, si aún es posible, es madurar. Ya veremos.