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Tribuna abierta

Jóvenes mártires

Fracaso y rencor son el motor de muchos de los jóvenes que se pasan al lado oscuro

 

Jóvenes mártires -

Víctor Bermúdez Víctor Bermúdez
23/08/2017

Leía hace años que para saber lo que para ellos representaba Europa se pedía a unos escolares marroquíes (todos varones) que hicieran un dibujo. Muchos dibujaban estas tres cosas: un coche, una casa, y una mujer rubia. Un coche, una casa y una esposa rubia es un modelo básico de bienestar y felicidad transmitido por las series de televisión occidentales. Pero no está lejos, en esencia, del cielo prometido a los jóvenes mártires yihadistas. En el impresionante documental francés ‘Soldados de Alá’ uno de los jóvenes aspirantes al martirio desvela ante una cámara oculta su imagen del paraíso. Allí –dice– «tendrás tu caballo a tu lado, que estará hecho de oro y rubíes» y «verás un palacio inmenso (…) y será solo tuyo», y «tendrás mujeres que solo querrán estar contigo». Caballo, palacio y harén son –en su versión de las mil y una noches– el mismo imaginario (coche, casa y rubia) con que sueñan Occidente los niños marroquíes.

Todo esto puede parecer muy ingenuo. Pero los jóvenes que se inmolan alegremente para ir al paraíso (mandando al infierno a los correspondientes infieles) no son estrategas políticos ni teólogos wahabistas; son solo carne de cañón. En todo el cinturón de miseria (pobreza, desigualdad, falta de educación, ausencia de derechos humanos) que rodea a Europa por el sur y por el este proliferan millones de jóvenes varones sin nada que hacer más que ver la TV en el café y soñar con una prosperidad tan ingenua como la de los escolares de «coche, casa y rubia». Cuando uno los ve todo el día mano sobre mano, carentes de trabajo y futuro, y sin otro lugar donde buscar formación y consejo que la mezquita, comprende lo explosivo de la situación.

PERO, curiosamente, la definitiva conversión en bombas humanas de algunos de estos jóvenes (una ínfima pero terrible minoría) sucede cuando arriban al ‘paraíso occidental’. Para muchos de los que viven entre nosotros, Europa ha resultado ser el palacio de lujo y lujuria que esperaban (y que espera en el cielo a los muyahidines). Pero en este palacio de consumo y placeres ellos no son los bienaventurados propietarios sino, a lo sumo, los sirvientes: simple mano de obra barata. Esta imagen es de nuevo ingenua, pero no irreal. El fracaso y el rencor son el motor de muchos de los jóvenes que se pasan al lado oscuro. Un fracaso que no tiene, además, paliativos. En la cultura de la que provienen se puede ser pobre con cierta dignidad. En el Occidente del mercado, sin apenas tradición ni valores (ni siquiera para los propios nativos), no: sin éxito y dinero no vales nada.

Para estos jóvenes desarraigados Occidente no es, pues, el paraíso que soñaban. No es extraño que algunos (frustrados, humillados, desnortados) sucumban a la tentación de responder al nombre con que los anuncian los ‘ángeles captadores’: el del ‘elegido’ para redimir el mundo (y a ellos mismos) mediante el sacrificio. Más vale morir como un héroe (y ser, al fin, ‘alguien’ entre los que te ignoran –no hay peor desprecio-) que ser un cero a la izquierda.

El que estos mártires hayan sido educados en nuestras instituciones de enseñanza da, también, mucho que pensar. En la escuela insuflamos a estos jóvenes dosis enormes de conocimiento científico y tecnológico, pero ni una sola razón de peso para adoptar los valores que hicieron de Occidente un proyecto alternativo a las ‘ummas’ religiosas y a los imperios tiránicos. La civilización moderna sufre ahora, y en la figura de estos chicos radicalizados, las consecuencias de haber estrechado el margen de la razón (reduciéndola a mero instrumento y cálculo) y de haber confinado el mundo de los fines, los valores y el sentido, al ámbito (subjetivo y relativo) de lo privado, dejando así el campo libre a predicadores y demagogos.

Sin tomarse en serio la educación moral de los ciudadanos (es decir, sin recuperar el ideal de fundar racionalmente fines y valores comunes más allá del individualismo liberal), no solo seguiremos exponiendo al fanatismo a la población más deprimida (por no tener, siquiera, el consuelo de la riqueza) sino que corremos el riesgo de ver a una mayoría seducida por la solidez de principios políticos y religiosos ajenos, por completo, a la razón.

* Profesor de Filosofía