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La mirilla

Juana y las locas

 

Marian Rosado Marian Rosado
10/03/2019

Sin Lepanto y Carlos V, las señoras de esta sala llevarían burka», afirmaba el secretario general de Vox Carlos Ortega Smith durante su intervención en el Parlamento Europeo esta semana.

Ortega Smith pone sobre la mesa la rama más salvaje y oscura del machismo para que las mujeres europeas agradezcamos no estar en esa situación. Es como si te dan una torta pero debes dar las gracias porque no te dan una paliza. Esa es la lógica. Pero lo mejor de esa frase es la referencia a Carlos I de España y V de Alemania. Nuestro emperador. Tan nuestro que cuando le tocó el turno de reinar todavía no sabía hablar castellano.

A Carlos lo parió Juana I de Castilla, más conocida como Juana la loca. A día de hoy no se sabe muy bien qué enfermedad mental padecía Juana. Los historiadores dicen que desde muy joven mostró desdén hacia el culto religioso. Consta que su hijo Carlos, nuestro emperador, mandó forzar a su madre para que recibiera los Santos Sacramentos, incluso mediante tortura si era necesario.

Juana debía reinar Castilla tras la muerte de su madre Isabel. Pero su padre y su marido primero, y su hijo después, confabularon para apartarla del poder y encerrarla durante 46 años en una cárcel en Tordesillas.

Juana era la gran esperanza de los comuneros castellanos, aquellos que se levantaron ante el saqueo de las arcas del reino y los abusos de la corte de Carlos, nuestro emperador, que contaba con un buen número de parásitos traídos del extranjero.

También es cierto que se cuenta que Juana nunca manifestó ambición por el poder. Esto se le achaca a su ‘locura’. Aunque la historiadora Bethany Aram afirma sin embargo que su actitud fue «un acto supremo de libertad».

Por eso, Ortega Smith sintetizó con su mención a Carlos V, y seguramente sin quererlo, la actual dicotomía entre lo que representa su partido y lo que buscan movimientos como el feminista. Es la lucha entre el poder establecido, con un señor como cabeza visible rodeado de patriotas varios cuya única bandera es en realidad el dinero, y todos aquellos que creemos que un cambio es, no sólo posible y necesario, sino inevitable.

En Un enigma della storia, Karl Hillebrand escribía: «Él sacrificó resueltamente a su madre por su misión, como Felipe había sacrificado a su mujer por su avaricia, como Fernando había inmolado a su hija por sus planes políticos». Nosotras ya hemos aprendido la lección.